Por: Viviana Quintero Márquez

Documentar la tortura

EL 9 DE JULIO VARIOS MEDIOS DE comunicación informaron que el Presidente de la República asistiría a una ceremonia de entrega de 32 cadáveres exhumados por la Fiscalía en el departamento de Antioquia.

Sin embargo, esta entrega, la más importante desde que está en vigencia la Ley de Justicia y Paz, se pospuso para el 15 de julio y no se confirmó la asistencia del Presidente. Por su parte, algunas entrevistas con funcionarios de la subunidad de exhumaciones de la Fiscalía General de la Nación sacan a luz importantes precisiones sobre las dimensiones de la tortura en los cuerpos exhumados.

Según los entrevistados, es común encontrar señales de tortura en el desarrollo de las  exhumaciones. Elementos probatorios como cordones, lazos, bolsas, así como cuerpos seccionados, maniatados y desmembrados son características recurrentes en los hallazgos realizados en el territorio nacional.

Pocos son los datos consolidados sobre la tortura en Colombia. Aunque varias organizaciones y agencias trabajan en denunciarla, investigarla y documentarla, las conclusiones y recomendaciones del Comité Internacional Contra la Tortura indican que en Colombia más del 70% de los actos de tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes se aplica a víctimas que son inmediatamente asesinadas y desaparecidas, factor que impide su denuncia o conocimiento.

Desde el punto de vista investigativo, médico y judicial, existen dos instrumentos internacionales, ratificados por la ONU para abordar la tortura: el Protocolo de Estambul (2001) y el Protocolo de Minnesota (1989). En estos manuales se establecen por lo menos unas seis formas básicas de tortura: golpes con elementos cortopunzantes o contundentes, tortura por suspensión, choques eléctricos, golpes en los pies, tortura dental, asfixia y tortura sexual, incluida la violación.

Los protocolos (que están redactados en inglés), utilizan casos particulares para ilustrar las formas ya mencionadas de tortura. Lo singular, es que estos casos aparecen sin traducción al inglés, han sido dejados en castellano porque se han convertido en los “nombres propios” de la tortura.

Para el caso colombiano, existen desde la Violencia de los años 50, otras tantas formas de tortura aún no consignadas en los protocolos internacionales, pero bien conocidas por las generaciones inmediatamente anteriores: el “corte de mica”, el “corte de franela”, “picar para tamal”, el “corte de corbata”, el “florero”.

En las últimas dos décadas las formas de tortura en Colombia cambiaron y alcanzaron magnitudes que no tienen “nombre propio”. Escuelas de descuartizamiento, taladramiento de huesos, incineración de personas en piras hechas con llantas de carros, entre otras, son parte de las confesiones aportadas por paramilitares desmovilizados o por las propias víctimas y testigos.

Estos ejemplos sobre la tortura en Colombia son datos que en asocio con los de los protocolos internacionales nos ayudan a situar la violencia en un contexto más amplio y real, diversificado y complejo. La tortura como símbolo corporal (expresado en las mutilaciones y en la consiguiente manipulación de los cadáveres) hace parte de la estructura ritual de la violencia. Una violencia diferenciada regionalmente, y que se asocia a pugnas sociales, políticas y económicas donde se rompe con el cuerpo real y simbólico del “enemigo”.

El martes 15 de julio el Fiscal General entregó treinta y dos cuerpos en el Departamento de Antioquia; (22) exhumados por Justicia y Paz, (5) Simbólicos y (5) de la seccional de la Fiscalía de Antioquia. Hacia el medio día del martes en cuestión, los medios de comunicación y la propia Fiscalía aún no confirmaban la presencia del presidente Uribe a este importante acontecimiento, al que finalmente no asistió.

Aunque las sociedades y las naciones no son como las personas, como dice Michael Ignatieff, es verdad que sus dirigentes pueden influir en ese proceso misterioso que lleva a los individuos a saldar cuentas con un pasado colectivo doloroso. “Los dirigentes abren a sus sociedades la posibilidad de decir lo que no puede decirse, de pensar lo que no puede pensarse, de realizar gestos de reconciliación que la gente sola no sabe imaginar”. La sola presencia del Primer Mandatario en la entrega más importante de cadáveres de desaparecidos (numéricamente hablando) hubiera constituido ya una práctica ética, un culto a los muertos, una expresión absoluta y definitiva de respeto.

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