Por: Armando Montenegro

Dolarización

Hace unas semanas, Steve H. Hank, “un oscuro profesor”, según el premio Nobel Paul Krugman, afirmó que Colombia debía tirar el peso a la caneca y proceder a dolarizarse. Salvo cierto ruido en los medios, ninguno de los economistas serios del país le puso mayor atención a este personaje. Después de todo, más allá de los méritos de los distintos regímenes monetarios, la flotación del peso frente a otras monedas ha sido relativamente exitosa. La tasa de cambio flexible mostró su utilidad en la crisis de 2008 y también cuando cayó el precio del petróleo en 2015. En ambas ocasiones, la depreciación de la moneda colombiana ayudó a amortiguar esos golpes (en cambio, en Ecuador, un país dolarizado, esos shocks fueron absorbidos en gran parte por la caída de la producción y el empleo). ¿Para qué cambiar lo que funciona bien?

Los economistas saben que cualquiera de los distintos arreglos monetarios —la dolarización, las tasas flexibles o las fijas— puede operar más o menos bien dentro del contexto de instituciones fuertes y, sobre todo, de un marco fiscal equilibrado. Ningún sistema funciona bien si faltan estas condiciones: Argentina, por ejemplo, ha fracasado tanto con tasas fijas (Menem) como con tasas flotantes (Macri), precisamente por su inveterado despelote fiscal. De todas formas, por la flexibilidad y el amplio conocimiento de sus propiedades, el sistema de flotación es el dominante entre las principales economías del mundo y de América Latina.

La economía que sí se ha venido dolarizando, aunque de manera parcial y desordenada, es la de Venezuela, bajo las narices de Maduro. Con inflaciones de más del 100 % mensual, el bolívar ha colapsado (¿cómo se les ocurre a los comandantes chavistas denominar bolívar a una moneda que no sirve para nada, que la regalan en los semáforos colombianos? ¿De verdad veneran a Bolívar?). Como sucede en los casos en que la moneda es un chiste —no es un depósito de valor y tampoco sirve para fijar unos precios que cambian con una frecuencia inaudita—, en forma espontánea las cotizaciones y muchas transacciones se realizan en dólares, una moneda estable, reconocida y buscada por todos. Este es, infortunadamente, un privilegio de los más acaudalados. Los pobres, condenados a usar el pobre bolívar, deben transar en esta moneda que cada día vale menos, lo mismo que sus salarios y sus escasos ahorros.

Cuando se vaya el chavismo será necesario reconstruir, entre tantas otras cosas, las instituciones económicas, escoger un nuevo tipo de dinero y establecer un régimen monetario. Si Venezuela se va a dolarizar completamente o si creará una nueva moneda, junto con un banco central autónomo y profesional, es un debate que ya se está dando entre los economistas que planean la reorganización de su país después de la hecatombe bolivariana. En cualquier caso, la fortaleza y la estabilidad de la moneda escogida tendrán que ser elementos fundamentales para anclar las expectativas de inflación y mantener a raya el alza de los precios.

En el caso de que Venezuela se dolarice, como sugieren varios economistas, Colombia estaría rodeado de tres países que utilizan esa moneda como medio de pago. En ese momento no faltará quien observe que, por la incompetencia de los gobernantes locales, el dólar habría sacado a Bolívar y a Sucre de los billetes, confinándolos de nuevo a los cuarteles de la historia.

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2019-08-25T00:00:10-05:00

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