Por: Columnista invitado

Dolor de oído

Desde la tranquilidad de los cerros orientales se divisa la mancha de la ciudad rugiente como una criatura descomunal tendida en la meseta.

“La ciudad brama como una bestia destetada”

(Mauricio Serna)

Por: Alberto López de Mesa*

Al bajar de la calma verde nos recibe el enervante metralleo de los taladros y el gruñido de las palas mecánicas que enmiendan o reparchean vías mal diseñadas, en una calle de enseguida el semáforo cambia a verde y una fila de vehículos conducidos por inmediatistas de todos los estratos, pitan y pitan inconscientes. Bogotá se despierta rugiendo. Amanecidos de la rumba, hay mariachis sonando sus trompetas destempladas, de una taberna sórdida persisten las rocolas trasnochadas con música norteña y narcocorridos a todo volumen. Más allá, desfila una caravana de harlistas ostentando sus pintas y sus motos tan costosas como ruidosas, se suma a la endiablada sonata urbana los que al garete vocean sus productos en plazas y en andenes: “Todo a mil todo a mil todo a mil, mango mangototes saladitos y sabrosos, Claro Claro plan de claro, Movistar aquí Movistar, el bocadillo veleño de auténtica guayaba de Vélez Santander, la gafa la gafa, compre el vidrio protector del celular, siga siga el desayuno santafereño siga siga caldo de costilla caldo de pescado huevos al gusto siga siga, medias bóxers brasieres dos por el precio de uno, todo a mil todo a mil todo a mil.

Eso abajo, arriba los aviones cuyas turbinas retumban contra el vidrio de las ventanas, al lado, las licuadoras estridentes, los locutores deportivos en los radios, la perorata amplificada de los pastores en los pulpitos, un camión que cornetea y otro que retrocede y le suena por detrás el piano esterilizado de Clayderman. Entre tanto, los televisores encendidos que muestran,  unos,  disparos frenéticos en un enlatado gringo, otros, la arenga del senador aquel que sigue pataleando contra los acuerdos de paz  o  el alcalde y sus amigos delfines en un estudio de telenoticiero cuyas pláticas, por ajenas a la realidad,  fastidian al oído como las estridencias de la calle.

Vivimos la agresividad del bullicio y nadie se conduele, ni las facultades de diseño industrial, menos las de ingeniería mecánica a las cuales les correspondería pensar en cómo disminuir la emisión de decibeles y los políticos, de olfato codicioso y de oídos sordos, no les importa la creciente contaminación auditiva y a los demás nos duelen los oídos sin protesta.

*Alberto López de Mesa, arquitecto y habitante de calle

 

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