Por: Héctor Abad Faciolince

Domingo electoral

El desacuerdo político genera más odio que el desacuerdo futbolístico. A un columnista le llueven piedras de ira fría cuando se manifiesta a favor o en contra de algún candidato.

Pese a este riesgo —si uno cree que el régimen electoral es el menos malo que existe— dar una opinión política es parte de nuestro oficio. La importancia del voto en las democracias multitudinarias se basa en una ilusión: la creencia de que el voto individual es relevante para el resultado. En realidad, cuando votan millones de personas las elecciones casi nunca se ganan o se pierden por un voto. Lo que hace la diferencia es el movimiento de masas: que la tendencia general sea a premiar o a castigar al gobernante precedente.

Cuando la reelección no es posible, se premia o se castiga al partido o a la ideología que estaba en el gobierno. En Bogotá, por ejemplo, según las encuestas, el electorado va a castigar sin clemencia al Polo Democrático. No porque tenga un mal candidato —Aurelio Suárez es uno de los más preparados y si yo creyera en la izquierda en el poder votaría por él, un hombre sencillo— sino porque hubo un mal alcalde: los actos de corrupción propiciados o tolerados por Samuel Moreno son imperdonables.

Gustavo Petro tiene, sin embargo, algo de Caballo de Troya del Polo. El Polo es su origen, es apoyado por tránsfugas y traidores del Polo que no quieren perder sus anteriores prebendas. Pero Petro ha capitalizado su vieja valentía contra los paramilitares y sus desacuerdos con el Polo para presentarse como el representante de una izquierda distinta. Si ganara, no ganaría por mayoría absoluta, sino porque quienes se le oponen están divididos (Peñalosa, Gina, Galán). Peñalosa cometió el error de unirse a Uribe en un momento en que la parte más conspicua del uribismo pasa más tiempo en los juzgados que en la calle. Galán es un delfín precoz, aunque por algo se empieza.

Gina Parody —con el apoyo de un gran alcalde, Mockus— demostró en el Congreso la misma valentía de Petro contra los paramilitares (y sin su risa de serpiente, tal como lo pintó Antonio Caballero). Sería la primera mujer elegida en la Alcaldía de Bogotá. Y su programa es el mejor, el más serio, sin las veleidades populistas de Petro (que quiere convertir a los taxistas en informantes y parapolicías y a las madres comunitarias en doctoras). Si votara en Bogotá no tendría dudas: Gina Parody.

En Medellín la apuesta es más grave. Las elecciones se falsean cuando hay maquinarias económicas de corrupción del voto. Cuando las bandas mafiosas de la vacuna optan por un candidato que es (así lo definió Aníbal Gaviria) “el vocero de los paramilitares”. Dos candidatos limpios, Aníbal Gaviria y Federico Gutiérrez, le ganarían juntos de sobra al Abominable. Pero el único que tiene posibilidad y merecimientos para ganar es el continuador de las políticas de Fajardo y Salazar: Aníbal Gaviria. Si Medellín no quiere volver a los años más tenebrosos (y a un modelo de ciudad absurdo, estilo México D.F. con sus segundos pisos para los carros y las Empresas Públicas reemplazadas por Slim) hoy debería salir elegido Aníbal Gaviria. En Antioquia la cosa es más tranquila: vamos a premiar con mayoría absoluta al mejor alcalde que ha tenido Medellín: Sergio Fajardo.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Héctor Abad Faciolince