Por: Sorayda Peguero

Domingo por la tarde

Iba caminando detrás de un grupo de religiosos de calvas relucientes y túnicas color naranja. Cantaban en una lengua irreconocible y repartían dulces entre los paseantes. Era mi primera vez en el Poetry Slam, un campeonato de poesía que se celebra un domingo de cada mes en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Me detuve a comprar un helado de menta en un puesto de la Rambla y perdí la noción del tiempo. El campeonato empezaba a las seis de la tarde. Ya eran las 5:45, pero pensé que aún podría ocupar un asiento en una de las primeras filas, porque no estaba muy lejos del Centro, y porque un recital de poesía, un domingo por la tarde, no iba a convocar a una multitud de gente. Lo cierto es que asistieron más de 400 personas.

Durante su presentación, uno de los poetas finalistas del campeonato, se apartó el micrófono y gritó. No aparentaba más de 20 años. Tenía los ojos llenos de furia, y una angustia como un anfibio atrapado en una pecera estrecha: loca por salir. Todavía no se sabe dónde están los restos de Lorca, dijo. El público, aturdido, no sabía si seguir guardando el merecido silencio o si debía interrumpir el recital con una fuga de aplausos. ¿Que había sido esa brutal sacudida de hombros, esa retahíla de palabras que se precipitó sobre la tarima como un puñado de cristales? Aquel muchacho no estaba leyendo el poema que escribió. Los participantes llevan el texto en la cabeza y lo defienden con gestos de sus manos, con los ojos, con la voz en alto, con susurros. De eso se trata el campeonato, me explicaron después, de una combinación de teatro y poesía.

“El teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana —decía Federico García Lorca—. Y al hacerse, habla, grita, llora y se desespera. El teatro necesita que los personajes que aparezcan en la escena lleven un traje de poesía y al mismo tiempo que se les vean los huesos, la sangre”.

Tres meses antes de ser asesinado por un joven de 24 años, Robert Kennedy dijo que el producto interno bruto (PIB) lo mide todo, excepto las cosas que hacen que valga la pena vivir. El PIB no considera el valor de la sabiduría, la cultura, la integridad de los políticos, la compasión ni la belleza de la poesía. Las armas nucleares, los programas de televisión que honran la violencia, la publicidad del tabaco, los vehículos blindados que utiliza la policía antidisturbios, estás son las cosas que el PIB tiene en cuenta, afirmaba Kennedy en un discurso que pronunció en marzo de 1968. Han pasado casi 50 años. Las prioridades del PIB siguen siendo las mismas.

No sé si existe algo que conduzca a un entendimiento lógico de lo que provocó aquel joven poeta. Recuerdo algunas palabras, piezas sueltas de un argumento que mi memoria no pudo retener. El fuego, el abuso de poder, la genialidad como condena. Sin embargo, no he olvidado la atmósfera que se creó mientras actuaba. ¿Qué había sido eso? Algo que no sé explicar –sin duda–, una materia impalpable, reconocible solo desde la intuición; desde esa clase de conocimiento que los griegos llaman gnosis, que tiene mucho que ver con la música, con la belleza y la poesía, y nada que ver con las cuentas que le interesan al PIB. Puedo atenerme al hecho estético, como decía Borges: “Sentimos la poesía como sentimos la cercanía de una mujer, o como sentimos una montaña o una bahía. Si la sentimos inmediatamente, ¿a qué diluirla en otras palabras, que sin duda serán más débiles que nuestros sentimientos?”. O puedo atenerme a un intento inútil de mi terquedad, y decir que fue como la primera vez que notamos el frío de la intemperie y el abrigo del primer abrazo.

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