Por: Iván Mejía Álvarez

Don León...

Parodiando a Piero, era un buen tipo el viejo... era un buen tipo. León Londoño murió el sábado en la noche. La noticia se publicó el domingo en la mañana, pero lamentablemente en la Dimayor no se enteraron del tema y la jornada dominical se cumplió como si nada, como si don León siguiera fumando tabaco, riéndose y tomando whisky.

No hubo una cintilla negra de luto, no hubo un solo clarín fúnebre, no hubo un solo homenaje al mejor y más importante dirigente deportivo que haya tenido este país. En la Dimayor no se les ocurrió que debía rendírsele un testimonio póstumo al día siguiente de su deceso. Seguramente, piensa uno, se lo harán el próximo sábado y domingo, una semana después, pero ya no será lo mismo. Faltó iniciativa y mando, Jesurún, amigo personal de León, dejó que la tortuga se le pasara al lado y quedó muy mal. Y los demás de la Dimayor, la corte de empleados, incluido el chofer de la 4x4, tampoco repararon en la necesidad de rendirle el homenaje a quien manejó la entidad durante tantos años y le dio brillo al cargo de dirigente futbolero. Ingratitud, dirían algunos; ausencia de sentido común, dirían otros.

León Londoño fue un personaje extraño, una rara avis que conjugaba un gran sentido común con una visión entre parroquial y familiar del negocio del fútbol. Desde cuando llegó a la gerencia del Cúcuta, por allá a comienzos de la década de los sesenta, hasta cuando fue ungido en un momento determinado con el triunvirato absoluto, presidente de las ramas profesional y aficionada y mandamás de la federación, en el momento cumbre de su carrera, cuando hacía y deshacía, Londoño siempre fue hombre de fútbol, pensando en el juego como negocio y en consolidar las estructuras del edificio.

Londoño no se inmiscuía en los temas deportivos y nunca se le vio metiendo la mano en alineaciones o convocatorias. Creía en el personal que contrataba y respaldaba sus tareas hasta cuando las cosas no daban para más. Cuando trajo a Blagoge Vidinic puso gran fe en que el yugoslavo sería el hombre que le planificaría una tarea a largo plazo porque, decía don León, “este ‘placismocorto’ nos está matando, mijito”.

Amigo de sus amigos, León sufrió en carne propia la deslealtad y la felonía de algunos directivos que por unas monedas de cobre lo vendieron y sacaron a empellones de la federación. Por eso, González Alzate, absténgase de aparecer en el funeral y en la misa; si don León se entera se levanta del ataúd y lo saca a zurriago limpio, como se lo merece.

Se nos fue don León, paz en su tumba y quienes lo conocimos y tratamos nos quedamos con el humo del cigarro y el sabor del mejor amarillo en un opíparo almuerzo.

 

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