Por: Lisandro Duque Naranjo
Lo divino y lo humano

Doña Juana

El 17 de julio pasado, en un edificio residencial de 17 pisos, en Usaquén, una bolsa de basura, o varias de ellas que se habían atascado en el conducto (shut), explotaron dañando 66 apartamentos e hiriendo a 43 personas. El estallido se atribuye al gas acumulado por la fermentación de basura orgánica que contenían las bolsas. Al romperse, además, las ventanas, y circular el aire por el edificio, hubo sucesivas explosiones que empeoraron la calamidad, aunque por fortuna no hubo muertos. Algo parecido ocurrió 13 días después en el barrio Salitre de Suba, causando también contusos y daños en vidrios y puertas. Éstas volaban como aspas.

Al menos en los dos edificios afectados los residentes habrán aprendido que las basuras son vengativas, y que no basta con arrojarlas por el conducto para no volver a saber de ellas. Ellas vuelven, convertidas en armas de destrucción limitada. Sobre todo si se revuelven los desechos orgánicos con los reciclables, cuando a éstos últimos podría empacárselos por aparte —y en bolsas de color blanco—, que fue la práctica que quiso volver cotidiana Gustavo Petro, y por la que la Procuraduría aquella de Ordóñez lo destituyó y quiso inhabilitarlo casi que vitaliciamente. Recuerdo ese diciembre del 2012: mi apartamento era el único que usaba los dos colores de bolsas, con sus basuras diferenciadas, y abajo, en el contenedor de todo el edificio, se advertía la soledad de la bolsa blanca de mi domicilio —la de los papeles, los plásticos y las botellas—, brillando dignamente entre la prepotencia de bolsas negras de los residentes que odiaban a Petro. Obvio que ningún reciclador subía hasta ese barrio equivocado. No valía la pena correr el riesgo por una mísera bolsa blanca apenas, con la que batallaba contra el calentamiento global este humilde mamerto.

A Doña Juana va a dar toda esa basura mezclada que producen los bogotanos. 6.300 toneladas diarias, que por supuesto no caben en un área de 5 km², a la que, para que le siga cabiendo más y más inmundicia encima, se la empuja hacia abajo, se la embute, se la compacta. Dicen los que saben que el 70 % de todo eso, lo no orgánico, podría perfectamente no enviarse allí, sino a otros lugares donde pueda procesarse industrialmente. Para ello sería preciso que cada ciudadano de esta urbe introdujera desde su casa, en bolsas blancas, y por separado, aquello no asquiento —papeles, botellas, plásticos—, en síntesis, “basura limpia”, y se lo hiciera accesible a un reciclador. Cada manzana de esta ciudad debiera concertar con uno de ellos.

Doña Juana no puede seguir siendo el shut monumental donde ocho millones de personas mandan sus desperdicios. Hace 20 años, en el 97, se produjo allí un desastre ambiental de dimensiones dantescas, que taponó la cuenca del río Tunjuelito. Hoy en día, y luego de habituales explosiones y derrumbes de montañas de basura compactada, los habitantes limítrofes de Doña Juana se la pasan pateando a los roedores que les compiten el bocado, palmoteando a las moscas “como si fuera una noche de gala en el Colón”, destripando cucarachas que se les trepan por las piernas y respirando podredumbre. Los estamos matando.

Reubicar a las víctimas de nuestras porquerías hechas en casa es un deber moral, si es que queremos seguir mirándonos a los ojos. Y cambiar de lugar ese botadero. Hasta a un solo gato se le cambia a diario la arena.

 

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