Por: Columnista invitado

Donald Trump descubre a los musulmanes

Hay que darle crédito al presidente Donald Trump. Haber pasado de un llamado a “un cierre total y completo de la entrada de musulmanes a Estados Unidos” a “ésta no es una batalla entre distintas religiones” en menos de 18 meses es un logro. En otros, podría considerarse un cambio ideológico radical sobre las fuentes del terrorismo. Sin embargo, no en Trump, quien realmente no piensa mucho sobre nada.

Claro que Trump calculó el tiempo en el que descubrió que “más del 95 por ciento de las víctimas del terrorismo son musulmanas” para que coincidiera con su estancia en Arabia Saudita, donde se localizan los sitios más sagrados del islam y donde hay una sed inmensa de armas de “las grandes compañías estadounidenses de defensa”. No obstante, me siento obligado a reconocerle crédito al presidente. Ha dejado la retórica antimusulmana de su campaña electoral y parece haber descubierto algo llamado palestinos. Ha caído en la cuenta de que el presidente Bashar Asad de Siria ha “cometido crímenes atroces”.

Esto es algo bueno. Es un avance.

Me gustaría poder encontrar más que elogiar en el ejercicio surrealista que fue Donald en Arabia. Qué apropiado que el presidente haya escogido a una monarquía autocrática donde se blanden espadas y se degrada a las mujeres como su primera visita obligada en ultramar. Él blandió. Se dirigió a los hombres. Cayó en su lugar.

Mientras Trump arremetía contra el terrorismo, sin ponderar sus fuentes, estaba parado en el país que aportó 15 de los 19 secuestradores del 11 de septiembre y ha sido el manantial —por medio de su élite religiosa y fondeo constante— de la variante fanática, antioccidental, contra las mujeres y puritana del islam sunita, central del credo de Al Qaeda y del Estado Islámico.

El abrazo saudita de las creencias wahabís y su oposición implacable al empuje pluralista que inspiró la Primavera Árabe ayudan a explicar la historia reciente de Oriente Próximo. El mundo posterior al 11 de septiembre ha sido menos una historia del Irán chiita contra Occidente que de los salafistas wahabís; ni siquiera se acerca. El presidente decidió olvidar todo esto al deshacerse del intento del expresidente Barack Obama de alejar los intereses estadounidenses de la Casa de Saúd.

Las sociedades árabes bloqueadas, resistentes a la modernidad, estranguladas por las familias gobernantes, que les niegan voluntad a sus ciudadanos, obligan a las mujeres a la marginalidad e invisibilidad, son las creadoras de la violencia cargada de testosterona, como un culto, de movimientos como el del Estado Islámico. Todo está muy para que Trump se pare en Arabia Saudita (quién lo diría) y, al aludir a los terroristas, decirles a los países de Oriente Próximo que “los saquen de esta tierra”. Esta exhortación ignora el hecho de que estos Estados no pueden ser incubadoras e inquisidores al mismo tiempo.

Una política exterior sin valores, que es lo que Trump propone en la búsqueda errónea del “Estados Unidos primero”, es problemática para el país. Es abnegada. Si estás con los dictadores, no puedes deplorar lo que que producen las dictaduras —especialmente las que confinan a las mujeres— con frecuencia: machos violentos, llenos de odio, alienados, en búsqueda desesperada de una ideología que todo lo responda (y el premio de consolación de una pareja designada por el Estado Islámico).

El Estado Islámico es, claro, sunita. Irán no lo es. Sin embargo, en caso de que alguien pensara que Trump hablaba en serio de unir a las fuerzas musulmanas en contra del terrorismo del Estado Islámico, accedió a los deseos de sus anfitriones sauditas (que comparte Israel) y atacó a Irán como la fuente de la “destrucción y el caos en toda la región”.

Sus palabras avivarán la rivalidad más amarga en Oriente Próximo, la fuente de varias guerras subsidiarias —entre Arabia Saudita e Irán. Estados Unidos no debería jugar este juego incendiario. Más bien, debería estar intentando construir puentes entre sunitas y chiitas. Aislar a Irán, como exhortó Trump, es un ejercicio inútil. Irán es demasiado grande para aislarlo; semejante estrategia va a beneficiar a los intransigentes en Teherán, que están determinados a frustrar el constante empuje reformista de la juventud del país.

La diatriba de Trump sobre Irán fue particularmente grotesca porque sucedió cuando reeligieron al presidente Hasán Rohaní, un moderado, con 57 por ciento de la votación, y las multitudes demandaron mayor libertad en Teherán. Irán es una sociedad represiva que tiene objetivos antiestadounidenses en la región, también es una enorme isla de estabilidad y una sociedad con fuerzas muchísimo más representativas y participativas que las de Arabia Saudita. Cualquiera que no vea un brillo de esperanza en Irán está ciego.

Rohaní derrotó a Ebrahim Raisi, un clérigo de línea dura, a quien favorecía el líder supremo, Alí Jamenei. Quedó claro, una vez más, como con el acuerdo nuclear, que Jamenei tiene que arbitrar entre fuerzas en competición en una sociedad iraní que puede ser todo menos monolítica. Los Estados teocrático y cívico coexisten en una simbiosis precaria. Algún día, algo debe ceder.

Como lo expresó Karim Sadyadpur de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional en un correo electrónico que me envió: “Trump es alguien que le gusta a las multitudes e Irán es uno de los temas que unen a árabes e israelíes”. Sin embargo, añadió, “junto con las oscuras visiones del mundo y las políticas del régimen iraní, hay luz y esperanza en la sociedad iraní”.

Que Trump busque el favor de los sauditas pisoteando esa luz es un error. Peor, es uno fútil porque ni los sauditas ni los egipcios podrán, como parece imaginar el presidente, cumplir con una paz israelí-palestina que ninguna de las partes quiere.

(c) 2017 New York Times News Service.

 

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