Por: William Ospina

¿Dónde caerá la rosa?

EN OTRO TIEMPO AQUÍ SE HABLABA de ideas foráneas: no había que pensar ciertas cosas porque eran ideas foráneas.

Lo decían los poderosos, hablando sobre todo del marxismo, o tal vez incluso del liberalismo. Todo lo que no les convenía les resultaba foráneo. Parecían insinuar que sólo eran válidas las ideas nacidas aquí, y la propuesta era interesante, pero quienes la predicaban nunca la habían practicado: el nuestro es un extraño mundo donde muchísimas cosas llegaron de afuera.

La raza blanca llegó de Europa, la raza negra llegó de África, pero la raza indígena también vino de lejos, de Asia. Eso que ahora llaman globalización comenzó hace ya tiempo: los descubrimientos de América, el de hace 30 mil años y el de hace 500, eran ya globalización; la llegada de Cristo a estas tierras era globalización. Un Dios nacido en Belén, en Judea, a orillas del mar Mediterráneo, que se había convertido en el Dios del Imperio Romano, que llegó a ser el Dios de todos los países de Europa, y que fue traído por guerreros y por misioneros, se convirtió en el Dios de los colombianos.

Pero también la lengua que hablamos llegó de muy lejos. Hija del latín y del griego, teñida de árabe, aquí se enriqueció con palabras de las lenguas indígenas. Conviene recordar que nuestra lengua está llena de cosas ilustres que aquí nunca existieron: ruiseñores, cisnes, viñedos, castillos, reyes, lobos, góndolas, jabalíes, duques, condes, príncipes, selvas de abetos, arces, primaveras y otoños, nevadas, pagodas, pirámides, liebres, dromedarios.

Todas esas cosas hasta hace poco encantaban en los poemas, porque lo lejano, lo improbable y lo imposible tienen su encanto, pero también porque fueron cantadas por nuestros antepasados, lejos de aquí, durante siglos, y se cargaron de prestigio poético. ¿Cómo encontrar algo más poético que un ruiseñor, un castillo, una góndola, un otoño, una liebre, un dromedario? Hubo poetas nuestros, como Guillermo Valencia, que sólo les cantaban a los animales si cumplían con el requisito de ser de muy lejos: De cigüeñas la pálida bandada, decía, Ágil tigre que salta de tupida maleza, decía, Dos lánguidos camellos de elásticas cervices, decía.

Y en cambio hay muchas cosas en esta realidad para las que la lengua que llegó no tenía nombres. Guanábanas, iguanas, canoas, jaguares, quetzales, poporos, toches, bohíos, chamanes, piñas, lulos, yarumos, guayacanes, chibchas, uwas, tayronas, nutibaras, paeces, panches, zenúes, anacondas, tapires, manatíes, y malocas y el río Sugamuxi y el río Yuma.

La lengua española llegó convencida de que venía sólo a enseñar, pero harto tuvo que aprender para ser digna de convertirse en una lengua americana. Tuvo que aprender a nombrar la pampa y la puna, el país de los guaraníes y el reino de los incas, recibir el maíz y las papas, el tomate y el chocolate, la yuca y su cazabe, las dantas y los chigüiros.

Porque las cosas llegan de afuera, pero tienen que aprender a volverse propias, beber la savia del mundo al que han llegado. Y así pasó con la lengua, con la religión, con la música, con las artes. Cuanto más cultivada y aristocrática era la gente, más trabajo le costaba aceptar esas mezclas; había gente que quería ser española a toda costa. El mundo americano le parecía de mal gusto; la gente demasiado india, demasiado negra; la naturaleza muy poco ilustre, los ríos demasiado barrosos. Le rogaban a Dios que todo se blanqueara, que todo se llenara de trigales y de viñedos y de pinares, que los ríos se volvieran transparentes.

Imagino que hasta soñaban que un día nevara sobre estas montañas, cuando ya estuvieran llenas de castillos y príncipes. A eso se lo llama colonización en cualquier parte, el espíritu colonizado, la incapacidad de sentir orgullo de lo que se es, la vergüenza de pertenecer a un territorio que les parece de segunda categoría, el deseo secreto de pertenecer a un mundo más ilustre; el temor de que se nos vea el cobre americano.

Pero harto sabemos que el mundo sólo respeta a los que se respetan, sólo admira a los que se identifican con el mundo al que pertenecen. Por eso son grandes los chinos, los japoneses, los árabes, los egipcios, los mexicanos y los brasileños. Se nota que no quieren ser otra cosa, que no quieren ser de otra parte; que sienten orgullo de su propio mundo. Diego Rivera, cuando se proponía pintar a la humanidad, pintaba indios mexicanos y no apolos griegos, y una leyenda judía afirma que si desde el cielo alguien dejara caer una rosa, esa rosa caería en el centro del templo de Jerusalén.

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