Por: María Elvira Bonilla

¿Dónde están los educadores?

NO HAY TERRENO MÁS ÁRIDO, PERO importante, que el del debate sobre la educación en el país. Debate crucial que ha quedado reducido a discusiones y afanes recurrentes en torno a afugias presupuestales y aumento de cupos escolares y universitarios, a cualquier precio.

Los ministros de Educación no debían ser administradores o simples políticos, sino pensadores. Pensadores con una visión orgánica que les permita responder a las urgencias de una sociedad como la colombiana. Educadores. Para que actúen como orientadores en la formación de una ética ciudadana, de convivencia civilizada, de respeto del interés público sobre los voraces intereses individuales, de construcción de autoridad y respeto por el otro. Para que lideren una política pública, una verdadera cruzada ciudadana que estimule la reflexión y el pensamiento, que invite a repensar el país, con complejidad, con lucidez. Los ministros de Educación deberían ser punto de referencia obligado, en momentos de desconcierto y confusión como los que viven el mundo y el país.

La Educación, con mayúscula, tendría que ser el lugar de convergencia, pero también de transversalidad, de todos los sectores y las políticas de Estado. Y los ministros del ramo, los animadores de los debates de fondo sobre el país que hay que reconstruir después de estos largos años de violencia y de conflicto que tanto daño han hecho. Ese país que es urgente rearmar, casi que reinventar, con cimientos sólidos con los que habrá de enfrentarse y borrar la huella nefasta del narcotráfico, con su poder corruptor, del que aún no nos recuperamos.

Pero no, las últimas ministras de Educación, tanto Cecilia María Vélez como María Fernanda Campo, son ante todo gerentes, administradoras de recursos, ocupadas en el tema de la cobertura, las aulas, los currículums y los sueldos de los maestros. Maestros, que muchos se han extraviado de su propósito de ser como pedagogos, para terminar obsesionados con reivindicaciones salariales, de escalafón o de traslados.

Un verdadero educador habría, por ejemplo, aprovechado las dos audiencias públicas, la de Iván Moreno en la Procuraduría y la de los Nule en los juzgados de Paloquemao, para formar en valores y en ética ciudadana. Era la oportunidad para haber hecho un ejercicio de pedagogía que orientara a la ciudadanía, y en especial a los jóvenes, sobre las consecuencias del uso del atajo, la trampa, el fraude y el engaño para obtener prebendas personales. Antanas Mockus es uno de los pocos líderes que han logrado combinar el discurso político con el de la ética social y de allí el entusiasmo juvenil que produjo la Ola Verde. Logró en Bogotá notorias transformaciones en cultura ciudadana que los hermanos Moreno se han encargado de arrojar al basurero.

La ministra Campo, más que ver cómo lo inyecta capital privado a las universidades públicas, debería liderar una gran movilización ciudadana de todos los agentes sociales, de los sectores educativos y las instituciones públicas y privadas en torno a la necesidad de rescatar y redefinir con fervor evangélico los valores, principios y normas de comportamiento social de convivencia para volver a formar gente de bien, como decían los antiguos, y revalorizar la importancia del trabajo honrado como motor de la sociedad.

 

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