Por: Juan David Zuloaga D.

¿Dónde están los filósofos?

PREGUNTA RODRIGO RESTREPO EN el número sesenta y seis de la revista Arcadia ¿Dónde están los filósofos?

La pregunta me parece legítima y si tiene una arista optimista al dar por sentado que hay filósofos, tiene también un tinte pesimista pues, sabiendo que los hay, no los ve. Es un reclamo para que se hagan presentes en un país que —deduzco de la pregunta— clama por ellos (si me permite el lector el infundado optimismo) o, al menos, los necesita.

Pero, si existen, ¿por qué no los vemos?, ¿acaso se esconden? La respuesta más sencilla, y parcialmente menos cierta, es que los filósofos, concentrados en sus quehaceres, no tienen tiempo ni interés en divulgar o, si prefiere el lector, vulgarizar su pensamiento, en una época en la que todo lo importante se hace superfluo y todo lo grave se convierte en superficial, cuando menos grave, y en vacuo, cuando grave de verdad. Escalas de los males de los tiempos presentes.

Es cierta la respuesta, pero limitada. Pues no es menos cierto que los medios de comunicación —ese ingente pergamino sobre el que se escribe la trama de la sociedad actual— no quieren dar cabida a nada que tenga un asomo de profundidad, y cuando lo hacen desfiguran lo que toman hasta la inconsistencia o la superficialidad. Frente a este hecho incontestable, sólo los medios escritos aparecen como una excepción y, sin embargo, como una excepción parcial, extremadamente parcial.

Esto dificulta la tarea de unos filósofos cuya labor en estos tiempos de decadencia y barbarie resulta encomiable. Hay unos que están pensando el país: los estudios sobre el Estado de Adolfo Chaparro o de Felipe Castañeda; las disertaciones sobre el problema de la memoria histórica de Iván Orozco; incluyo en este renglón a Roberto Palacio con su peculiar historia de la sexualidad colombiana. Hay otros que, además, están trabajando por él como Marcela Forero con su trabajo con comunidades de mujeres en el Chocó. Otros más están decantados por temas hermosos y perennes; temas cuya reflexión hace más llevadera la soledad de nuestros días. El profesor Fernando Cardona, por ejemplo, dirige, en la Universidad Javeriana, un grupo de investigación que intenta una fenomenología del dolor. Otros muchos están formando en las universidades a los estudiantes del país. Quizá haya que criticarles, pues todo hay que decirlo, una oralidad muy acentuada, como en alguna clase hizo notar Sergio de Zubiría, a propósito de la magra obra escrita del erudito Ramón de Zubiría.

Todos estos empeños son muy dignos, pero la naturaleza de los medios de comunicación actuales persiste en mostrarse incompatible con el recogimiento y la profundidad de esta silenciosa tarea y destierra estas conmovedoras empresas a un ignominioso ostracismo. A él se suma el perfil brutal (no encuentro mejor adjetivo) del promedio de los lectores contemporáneos. Un lector perezoso, incapaz de comprender una metáfora, de detectar una ironía; un lector que dice no tener tiempo para detenerse en la meditación y el recogimiento que estos temas graves y difíciles ameritan, como suelen aducir tales lectores desde el siglo XVII al menos...

Me detengo aquí porque se me acabó el espacio, pero parece que queda respondida la pregunta: filósofos sí hay, señores de Arcadia; lo que no hay son lectores de filosofía.

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