Por: Juan Gabriel Vásquez

¿Dónde están los lectores?

DEBE SER QUE EL TEMA ESTÁ EN el aire. En pocos días me he encontrado con varios textos, más o menos largos, que tienen en común una cierta preocupación, más o menos directa, por los lectores colombianos.

Andrés Hoyos, en su columna del miércoles pasado en este periódico, se lamentaba de la guerra que algunos medios le han declarado a los textos de cierta longitud y cierta profundidad; la revista Arcadia, en su editorial, lamentaba que los editores se hayan dedicado a publicar best sellers baratos. Y mientras leía yo todo eso me llegó un correo electrónico del escritor Pedro Badrán, que había leído mi columna de la semana pasada sobre la incapacidad de los lectores para entender un escrito irónico, y me decía: “El problema no es la muerte de la ironía sino sencillamente que en Colombia la gente no sabe leer (y lo que es peor, cree saber leer)”.

Y tal vez tenga razón. Basta echar una mirada a los incontables foros de internet para tomarle el pulso al triste estado de las cosas: demasiados lectores no entienden lo que leen. Curiosamente (o tal vez no tanto), los comentaristas que menos comprensión demuestran son los que con más dedicación insultan; los comentaristas que más insultan, por la misma lógica, son los que peor escriben. Y esto ocurre siempre: no hay excepciones a esta regla. Los comentaristas de una columna cualquiera, de la posición política que sea, tienen una capacidad extraordinaria para encontrar en el texto lo que quieren encontrar, aun si el columnista no lo ha dicho ni por asomo; el texto, para ellos, es un trampolín desde el cual ventilar sus resentimientos, sus frustraciones, sus manías. Por supuesto que algunos sí entienden y, tras renunciar al impulso de mantener una discusión civilizada, se dedican a explicarle al vecino lo que dice la columna mientras el vecino se limita a lanzar insultos pésimamente redactados.

En este panorama la asignación de culpas suele ser una serpiente que se muerde la cola. ¿Se reduce el espacio en los medios porque los lectores no soportan nada medianamente profundo, o son los medios los responsables de infantilizar a los lectores mediante la estrategia,  muy probada, de apelar al común denominador más bajo? ¿Publican basura las editoriales porque los editores han dejado de leer, o la publican porque los lectores mediocres la exigen a gritos, porque los suplementos culturales son incapaces de explicar cuál es la diferencia entre un libro bueno y uno malo? Miro la biblioteca que tengo al lado y me doy cuenta de que Norma publica en Colombia a Alberto Manguel y Alfaguara publica en Colombia a Thomas Lynch, con lo cual no todo es el filisteísmo que señala Arcadia. Según los números, sin embargo, los lectores siguen prefiriendo la autoayuda ñoña de Paulo Coelho, el amarillismo prefabricado de las tetas y el paraíso, las banalidades falsamente enigmáticas del Código Da Vinci.

La gran pregunta es: ¿qué importancia tiene todo esto? Y la respuesta nunca es sencilla. La buena literatura y el buen periodismo no son sólo material para que los universitarios saquen fotocopias: son herramientas para entender el mundo, y en la vida diaria es muy fácil distinguir a los que las tienen de los que no. El problema es que decir estas cosas no está de moda, y quien sostenga que leer a Orwell o a Borges tiene un efecto real en nuestra vida de ciudadanos, en nuestra manera de hablar de política o de elegir presidentes, se arriesga a ser ridiculizado. Hoyos habla en su columna de lectores en vía de extinción. Yo me pregunto: ¿qué piensan esos lectores?

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan Gabriel Vásquez

Recuperar la decencia

A manera de despedida

Los libros de Coetzee

¿De qué paciencia estamos hablando?

Peligro: literatura sobre la vida