Por: María Elvira Bonilla

Dónde estas corazón

UNO A UNO FUERON ABANDONANdo, humillados y cabizbajos, tan miserables y desesperanzados como habían llegado el pasado 16 de marzo, las más de mil personas que durante cuatro meses sobrevivieron a la intemperie en el parque Tercer Milenio, a escasas cuadras del Palacio de Nariño.

Gracias a la televisión, que con sus cámaras irrumpió en sus improvisados cambuches, estos hombres, mujeres, ancianos y niños fueron de carne hueso que por un momento dejaron de ser simple dato estadístico como parte de los más de tres millones de desplazados que como fantasmas aterrorizados han de invadir parques y tomarse oficinas para hacerse oír. Recuperaron la voz y el rostro para transmitir su tragedia de no tener literalmente dónde caer muertos. Una realidad que debía golpear como una cachetada de vergüenza la cara de tanto gobernante que desde el Presidente para abajo reacciona sin compasión, con rabia e indolencia frente a las víctimas indefensas, con todos sus derechos violados.

Álvaro Uribe ganó la Presidencia en 2002 con el eslogan “Mano Dura, Corazón Grande”. Después de siete años queda claro que se trató de una frase más de campaña, porque del corazón sólo se recuerda cuando lo tapa con la mano cada vez que escucha circunspecto el himno nacional. La mano dura es la parte del eslogan con la que cómodamente se identifica. Y precisamente por cuenta de ésta no permitió que durante 120 días funcionario alguno entablara diálogo con la gente del parque Tercer Milenio. Se necesitó que una niña de 14 años fuera violada y burlada por cuatro agentes de la Policía, según acusación de la Fiscalía, y que aparecieran los primeros brotes de una posible epidemia de gripe AH1N1, para que el Gobierno Nacional aceptara llegar a un elemental acuerdo con las familias a las que hubieran podido evitarles meses de sufrimiento. Si esto ocurrió en las vecindades del Palacio de Nariño, con medios de comunicación vigilantes, ni qué decir del viacrucis de los miles de desplazadas que pasan meses y años apostados en las plazas de los pueblos esperando algo tan justo, como es, al decir de innumerables sentencias de la Corte Constitucional, la restitución de sus derechos como seres humanos.

Al Presidente se le embolata también el corazón a la hora de tomar decisiones que faciliten la liberación de los secuestrados. Se enreda en los cálculos mezquinos de la política. De allí las trabas y dificultades para facilitar las gestiones de alguien como Piedad Córdoba, que tanta efectividad ha mostrado. Si la dejaran actuar ya estaría de regreso a su familia el cabo Moncayo y otros suboficiales, como preámbulo de la entrega de todos los secuestrados que llevan una década enterrados en la manigua. Pero no, ahí sigue intacta la mano dura, abandonados por el corazón grande, apretando desde la frialdad del poder.

Las acciones humanitarias, aquellas que mitigan el dolor de los seres humanos sin poner en riesgo los intereses colectivos, forman parte del decálogo de cualquier gobernante. Y Uribe, finalmente, debía estrenarlas. Dada su popularidad, ello es más una muestra de fortaleza que de debilidad. Nunca es tarde, Presidente.

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