Por: Tulio Elí Chinchilla

¿A dónde irán a fumar los fumadores?

TAL VEZ AL DESIERTO, AL POLO, O A Marte (cuando en 2031 el hombre arribe a ese planeta), si continúa expandiéndose el alcance de las leyes y los reglamentos que prohíben el consumo de tabaco. Bajo el loable propósito de proteger la salud de los no fumadores y el medio ambiente, estas normas esconden un sabor a neofundamentalismo, parecen cruzadas moralizantes en contra de minorías consideradas “pecaminosas”, abominables por la preferencia mayoritaria.

Las draconianas fórmulas normativas que se utilizan al enumerar “espacios libres de humo” conducen a la imposibilidad real de ejercer el derecho a fumar. Éste se torna nugatorio, a pesar de no existir fundamento constitucional para ilegalizar la conducta de fumar en sí misma.


Nuestra Ley 1335 de 2009 la prohíbe de  forma absoluta (bajo sanción) en los espacios habituales donde discurre la vida del ser humano sociable. Se proscribe en todas las “áreas cerradas de los lugares de trabajo, de los lugares públicos, tales como bares, restaurantes, centros comerciales, tiendas, ferias, festivales, parques, estadios, cafeterías, discotecas, cibercafés, hoteles, casinos, zonas comunales”; también “en donde se realicen eventos de manera masiva, en entidades de salud, instituciones de educación en todos sus niveles, museos y bibliotecas, establecimientos donde se atiende a menores de edad, medios de transporte de servicio público, entidades públicas y privadas destinadas para cualquier tipo de actividad industrial, comercial o de servicios, en donde el consumo de productos de tabaco generen un alto riesgo de combustión, y espacios deportivos y culturales”.


Un poco más ponderada, la ley chilena garantiza “lugares adecuados” para quienes, a pesar de la atemorizante publicidad disuasiva, persisten en fumar, por lo que expresamente autoriza hacerlo en patios, lugares al aire libre o en salas especialmente habilitadas en bares y restaurantes. Según la Ley española (Ley 42 de 2010) los únicos sitios cerrados y públicos donde se puede fumar son las penitenciarías, los internamientos siquiátricos, las residencias de ancianos y discapacitados, pero sólo “en salas especialmente habilitadas para ello”. Regulación sinuosa que don Francisco Rico (de la Real Academia) calificó de “golpe bajo a la libertad, muestra de estolidez y una vileza” (El País, 11, I, 11).


Y más grave aún: esta nueva inquisición laica comienza a reclamar para los jefes administrativos la potestad de expedir normatividad antitabaco más restrictiva que la de ley: ni en calles, plazas, patios, balcones, terrazas de los espacios que gobiernan.


Todas estas actitudes ponen a los fumadores en un estatus similar al de leprosos: que vivan, pero bien lejos. Trato inhumano hacia un placer aportado por la cultura precolombina. En cambio, pocos propugnan restringir goces más contaminantes, tales como el vehículo particular, la pirotecnia, los asados humeantes, los recalentadores alumbrados decembrinos o el incienso. Esta columna es de un no fumador.

 

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