Por: Nicolás Rodríguez

¿Dónde parar?

La pregunta la hizo Trump. Ante la presión ciudadana y el inconformismo con los monumentos y las estatuas patrocinadas por los amigos de los confederados y la causa esclavista, el presidente salió en defensa de “la historia”. Me pregunto, dijo, al ver que el general de los confederados Robert E. Lee perdía su pedestal, si ya será el turno para Stonewall Jackson. Si le seguiría George Washington. O Thomas Jefferson… ¿a dónde iremos a parar?

Pues bien, el movimiento no solo no perdió tracción, sino que ganó visibilidad. Todas las estatuas que observaban silenciosas desde sus altares sin ser vistas ahora están en la mira de algún poder local. Hay encuestas sobre el futuro de cada busto. Los historiadores dan cátedra. Los grafiteros tienen trabajo. Los especialistas en el tema lo revisan. Lo explican. Dan opciones, dictan lineamientos sobre qué hacer con toda esa “historia”. Luego se desdicen.

En sus inicios la discusión era si se los retiraba o no. Después hubo un giro hacia el tipo de museos que podría construirse. Se debatió como solución el uso (bastante poético) de darlos por muertos en los cementerios confederados. Y ya se dice sin pudor que no todos merecen ser salvados. Que muchos ni son una obra representativa del artista. O del escultor.

Se ha sugerido que los cerca de 700 monumentos de piedra blanca que hay regados mayoritariamente por el sur de los Estados Unidos forman una red física, material, que le da soporte a la causa supremacista. El movimiento, además, ha ganado fuerza transnacional. En Australia y por razones similares (de raza), James Cook, el explorador, el cartógrafo que le entregó la isla a la Corona Inglesa dando paso al genocidio indígena, es ahora el lienzo preferido de los grafiteros. Esos vándalos que construyen nación.

¿Dónde y cuándo pararemos? En ningún lado, le responde el profesor Kirk Savage. O hasta que la supremacía blanca persista.

 

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