Por: Tulio Elí Chinchilla

¿Dónde pondremos el centro de la tierra?

Mientras el etnocentrismo y el eurocentrismo —creer que todo lo valioso surge de la Cultura Occidental— inspiren la academia, el diálogo intercultural estará clausurado, será monólogo.

La interculturalidad será casi nula mientras continuemos reconociendo sólo a unos cuantos centros productores universales de saber cuyo poder de validación condena a la irrelevancia a todo conocimiento que mane de culturas de raíz prehispánica.

Es el debate que plantea la revista Agenda Cultural de la Universidad de Antioquia (número 175, abril de 2011), a propósito de la nueva ley sobre patrimonio étnico-lingüístico. Allí, Juan Carlos Orrego Arismendi apuesta por un “intercambio entre sueños nativos y sueños universitarios”: “hacer universidad desde el saber indio” en una “comunidad de cosmovisiones y lenguas”, para lo cual revive la ficción borgesiana del lingüista que, tras adquirir un gran tesoro de sabiduría en su convivencia con indios sioux, encuentra que tal riqueza es intraducible al lenguaje occidental.

Selnich Vivas Hurtado, a su vez, aboga por la inclusión del aprendizaje de lenguas precolombinas y del pensamiento indígena en el pénsum universitario, sin que ello signifique una resurrección del mito del buen salvaje, ni la sacralización de las instituciones aborígenes. Se cuestiona: ¿Por qué las únicas lenguas que dan estatus para acreditar competencia en idiomas son las de origen europeo, pero jamás las sesenta y cinco ancestrales? Propugna el “retorno a los saberes autóctonos y la dignificación de las culturas ancestrales”, aunque tales conocimientos no han pasado “la prueba científica… no han sido citados por los centros de investigación y las revistas indexadas”, ni han sido “incorporados al saber básico de los debates teóricos internacionales”. Infortunadamente, dice, “todavía creemos que quienes hablan inglés son más inteligentes y más bellos que los que hablan lengua indígena”.

Y es que no basta convertir en objeto de estudio las lenguas y culturas autóctonas, como curiosidades dignas de ser analizadas y descifradas a la luz de nuestra lógica cientificista (perspectiva del observador externo). Hay que reconocerles el carácter de fuentes de pensamiento universal; asimilar el universo simbólico de estos pueblos y vivirlo en calidad de partícipes internos de su discurso, alimentarse de su sabiduría.

¿Habrá un mejor sistema de drenaje de aguas que la ingeniería hidráulica de Machu Picchu, o los canales de riego de los zenúes, que los protegían cada año de las inundaciones? ¿Hasta cuándo nos negaremos a reconocer la superioridad de los castigos indígenas en cuanto a la función resocializadora de la pena, como correctivos desprovistos del carácter estigmatizador de los sistemas sancionatorios occidentales? ¿No tiene validez alguna el colectivismo de pequeñas comunidades, practicado en el Imperio Inca, con sus instituciones solidarias basadas en el principio de reciprocidad? ¿Habrá una mejor traducción del concepto ideal de Corte Constitucional, que la elaborada en idioma indio cubeo en el Vaupés: “ancianos que saben leer lo que está escrito en la corteza del árbol de la vida de Colombia”?

 

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