Por: Mario Morales

¿Dopaje moral?

No. Desierto no. Despojado Lance Armstrong de sus siete títulos en el Tour de Francia, ese sitial no debe quedar vacío.

Pero no es uno de sus inmediatos rivales de entonces el llamado a ocuparlo. El que esté libre de culpa que tire el primer pedalazo...

Allí, para la historia, deben sentar a toda esta sociedad doblemoralista e hipócrita, en la que caben algunos técnicos, ciclistas, periodistas, patrocinadores y aficionados que usufructúan, se aprovechan o disfrutan, mientras se pasan todo por la faja, cada competencia con la disculpa de que “el deporte es salud”, “el que gana es el que goza”, “son la patria o la raza en carretera”...

¿De veras creemos que es Armstrong el alfa y el omega del dopaje o su máxima expresión? Si acaso, y a regañadientes por la presión desde EE.UU., es el chivo expiatorio que corre ahora por las vías del descrédito para impedir que se manchen sus verdaderos responsables.

Hubo dopaje, claro está, y esos títulos son espurios, como lo demuestra que el exdeportista haya borrado toda referencia a ellos en redes sociales. ¿Pero que sea de tan alta tecnología lo hace más culpable que las ayuditas domésticas de médicos y técnicos menos desarrollados?

El dopaje es tan centenario como el ciclismo, y la disculpa no puede seguir siendo que no hay un deporte que vigile y controle más el uso de sustancias prohibidas. Por algo será... Claro, también “juega” en otras disciplinas y en casi todas las actividades de la vida humana, desde que la ambición y la hipercompetencia superaron las fragilidades humanas.

Para no hablar de sus efectos, muertes, hipertrofias, cambios en el metabolismo, el comportamiento, la vida.

Quisiera terminar diciendo que es el momento de cambiar, de hacer un alto, de reinventarse. Pero no es verdad; toda esta escandola se apagará con el primer pedalazo de una nueva carrera. Como los ciclistas, nos la pasamos dando vueltas con ese dopaje moralista.

 

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