Por: Mauricio García Villegas

Dos aniversarios y una conjetura

Esta semana se celebraron los aniversarios de dos revoluciones que cambiaron el destino de Occidente: los cinco siglos del cisma protestante y los 100 años de la Revolución comunista en Rusia.

La primera le puso fin a la Edad Media, tutelada desde Roma, y sentó las bases de un mundo más pluralista y más secular. Lutero, el hacedor del cisma, creía que nadie podía conocer, ni siquiera el papa, la receta para lograr la salvación, ni ninguno de los designios divinos. Ante semejante oscuridad sólo quedaba tener fe, leer la Biblia y esperar ser uno de los elegidos para la vida eterna al momento de la muerte. Estas ideas simples y humildes desencadenaron guerras de religión terribles (nada peor que una guerra religiosa), pero poco a poco fueron calando en la mentalidad de los europeos, incluso en los católicos, que empezaron a adoptar una manera más personal, más intimista de vivir la religión.

Lo paradójico de todo esto es que algunos protestantes, sobre todo aquellos que se incubaron en el sur de los Estados Unidos y que se han ido implantando con mucho éxito en América Latina desde hace 50 años, han ido recorriendo el camino inverso al indicado por Lutero: se han vuelto más autoritarios y más codiciosos que el mismo Vaticano del papa León X, contra el cual Lutero se rebeló.

Karl Marx, por su parte, denunció los horrores del capitalismo industrial y las injusticias laborales impuestas por la burguesía del siglo XIX. Esta denuncia, justificada, produjo la creación del Estado de bienestar, una versión más humana y más justa del capitalismo salvaje que había visto Marx. Por eso alguien dijo alguna vez (en los años 70) que el marxismo era falso porque tenía razón, queriendo decir con eso que Marx había producido una transformación tal en el capitalismo que sus denuncias habían dejado de ser válidas.

El comunismo también produjo su paradoja al convertirse, al menos en la Rusia estalinista, en un sistema más autoritario y despótico que el que había destronado.

¿Habrá revoluciones como estas en el futuro? Seguramente sí, pero van a ser muy distintas; el poder, incluso el poder despótico, ya no es lo que era antes. Está mucho más disperso, los tiranos de carne y hueso son cada vez más escasos, y las sociedades se han vuelto más igualitarias. ¿Quiere esto decir que el poder se ha vuelto más moderado? Es posible, pero quizá también la dominación se ha vuelto menos visible, más difusa.

Nadie vio estos cambios de manera tan lúcida como Alexis de Tocqueville, a principios del siglo XIX. Al pensar en el mundo del futuro, en el nuestro, decía lo siguiente: “Veo una masa innombrable de hombres parecidos e iguales que giran sin cesar alrededor de sí mismos para procurarse pequeños placeres vulgares para adornar su alma. Cada persona es extranjera para los demás (…). Por encima de todos ellos se eleva un poder inmenso y tutelar que se encarga de asegurar el goce de todos y de proteger su seguridad. Se trata de un poder absoluto, detallado, regular, previsor y suave (…), un poder que no quiebra las voluntades sino que las ablanda, las doblega y las dirige (…)”.

Muchos han visto en esta descripción un retrato de lo que estamos viviendo hoy, con poderes económicos difusos e incontrolables (el capitalismo ha vuelto a ser salvaje) que moldean nuestra conciencia a través del consumo, acaban con la capacidad reguladora del Estado, distorsionan la democracia y destruyen la naturaleza. La próxima gran revolución se hará contra ese poder suave, difuso, global y salvaje. Pero nadie sabe cómo.

 

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