Dos años, cinco meses

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Este 7 de agosto se cumplen dos años del gobierno de Iván Duque y cinco meses de la crisis sanitaria desatada por el COVID-19, y el presidente sigue sin encontrar un norte claro, a pesar de las ventanas de oportunidad que se le han ido presentando y que, por mala consejería y falta de talento político, no ha sabido aprovechar.

No se nos puede olvidar que la presidencia de Duque es el fruto de los cálculos políticos de Álvaro Uribe que inician con la derrota del plebiscito por la paz y se consolidan con la elección de un alfil menor, sin mayor trayectoria, para continuar con el legado del expresidente, situación que han señalado hasta las huestes más duras del Centro Democrático. Pero Duque era alguien que podía sumar por fuera del uribismo más duro, un candidato presentable que se vio favorecido en segunda vuelta por la resistencia a Gustavo Petro.

Lo que aquí se ha llamado la talla de estadista, Duque no la tiene, y eso se ha visto en su ejecutorias y en la favorabilidad de su gobierno en la opinión pública. Las protestas sociales del año pasado dejaron ver la falta de sintonía con el país y eso se reflejó en las encuestas, en los pobres resultados en la agenda legislativa y en el lánguido y ambiguo apoyo al Acuerdo de Paz.

Este año empezó con una reorientación en el discurso y abierto al diálogo social con la creación de la llamada Conversación Nacional, en realidad un espacio donde solo se discutían los temas que el Gobierno impuso, con una metodología que no favoreció la construcción de una agenda ambiciosa de cambios políticos e institucionales como los que reclaman el país y las nuevas generaciones. Pero llegó el COVID-19 y todo se trastocó. La crisis sanitaria, económica y social pareció darle un aire al presidente, lo cual se refleja en un aumento importante en la aceptación en la opinión pública al manejo de la crisis, sin que se perciba una visión estratégica para enfrentar la parte más dura de la pandemia y la posterior recuperación económica y social que tomará los dos años restantes del gobierno.

A esta situación se suma el tremendo ruido que hace la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez, sin una misión clara dentro del Gobierno, quien en lugar de aportar con su experiencia ha terminado afectando la imagen de Duque y deteriorando la suya. Se suponía que ella iba a ser “la adulta en el cuarto”, pero ha demostrado una gran torpeza, lo que ha afectado sus aspiraciones futuras en política.

Ahora llega la medida de aseguramiento contra el expresidente Uribe, una noticia que ha afectado personal y políticamente al presidente, quien no ha reaccionado como jefe de Estado sino como partidario y amigo del líder natural del partido. Por otra parte, el Centro Democrático no se comporta como partido de gobierno ayudándole a generar gobernabilidad, los parlamentarios tienen agenda propia, muchas veces en contradicción con la del propio presidente, como se puede ver en los temas de reforma a la justicia. La ministra Cabello presenta una reforma interesante que viene concertando hace un año con distintos sectores, pero parlamentarios del Centro Democrático creen que hay que acabar las cortes y suben su apuesta, como lo dijo la senadora Valencia, a través de una constituyente, como reacción en caliente a la detención de Uribe.

En lo que queda del gobierno, Duque tiene que desarrollar una agenda de recuperación luego de los estragos del COVID-19, para lo cual necesita consensos políticos que implican deslindarse de las propuestas extremas de su partido.

No la tiene fácil el presidente, debe interpretar la coyuntura de manera adecuada y tomar las decisiones que lo lleven al final de su mandato como el presidente que, en medio de innumerables dificultades, logró unir al país en la superación de una tragedia.

@cuervoji

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