Por: Columnista invitado

Dos caras

Por: Juan Felipe Carrillo Gáfaro*

En su editorial del 18 de agosto, El Espectador se refiere a la youtuber que intentó censurar la videocolumna de “Las Igualadas” por unos comentarios que la tildaban de homofóbica. Luego de leer varias veces el editorial y de reproducir otras tantas la videocolumna, surgen algunas reflexiones que trascienden el suceso mismo.

Valoro el trabajo de “Las Igualadas”, máxime en una cultura como la nuestra donde defender ciertos principios es una tarea titánica que genera mucho odio y resistencia. Luchar en particular contra nuestra cultura machista en un contexto cargado de violencia física (“le voy a dar en la cara marica”) y simbólica (“usted no sabe quién soy yo”) es una verdadera proeza digna de admiración. En ese sentido, comparto plenamente lo expresado en el editorial en relación con el intento de censurar la videocolumna. Espacios como “Las Igualadas” despiertan el pensamiento crítico, luchan contra una injusticia anclada en nuestra sociedad desde hace mucho tiempo y son una bocanada de oxígeno para un país donde el respeto por la diversidad no es una prioridad.

En relación con el tema que provocó el intento de censura, estamos ante dos caras de la diversidad: por una parte, la de una youtuber a la que le costó mucho trabajo expresar sus ideas en relación con el tema de la homosexualidad y que, en un intento fallido por hablar de tolerancia, terminó enfrascada en la confusa lógica “hombre con hombre, mujer con mujer”. Una lógica que no sólo recuerda el nerviosismo de los reinados de belleza, sino que además hace énfasis sobre los efectos nocivos de las redes sociales al promover una cultura de la superficialidad o una “cultura de la basura” como hubieran dicho Los Prisioneros. Por otra parte, la de una de “Las Igualadas” que, segura de sí misma, hace una minuciosa lectura entrelíneas de lo expuesto por la youtuber para demostrar cómo en muchas ocasiones se discrimina a otro ser humano “sin querer queriendo”.

Del conflicto que se originó a raíz de este intercambio, es posible identificar dos aspectos que aún no sabemos manejar como sociedad. Primero, la incapacidad de seguir argumentando y aprovechar la crítica para mejorar y/o reconocer los posibles errores que se han podido cometer. Ante esta debilidad, creemos que la mejor solución es la fuerza, y buscamos la manera de callar a esa persona que no piensa como nosotros. A esto se le suma nuestra falta de habilidad para aprender a transformar los conflictos y sacar de ellos aspectos positivos que generen crecimiento social. Nuestro sistema educativo no ha podido enseñarnos que el problema no es el conflicto per se, sino la manera cómo éste se asuma para que no degenere en infortunados comportamientos violentos.

El segundo aspecto está relacionado con lo difícil que es para nosotros comprender las equivocaciones del otro y aceptar que éstas se pueden explicar por razones diferentes a la mala intención o a la perversidad. Tenemos la tendencia de seguir la máxima “al caído caerle” y dictar la sentencia moral más alta que se nos ocurra para dejar al otro por el piso. Solo así podemos congraciarnos de lo buenos e inteligentes que creemos ser.

Uno de los problemas de fondo hoy en día es que nos cuesta trabajo tener compasión para entender los errores de los demás. Pero no se trata de la típica compasión sesgada propia de una moral religiosa, sino de una verdadera actitud para comprender que muchas veces la discriminación también es producto de la ignorancia y de la torpeza, y que, en lugar de pisotear al otro por ello, debemos ayudarle a darse cuenta de lo que está pasando. De lo contrario, quienes defendemos ese tipo de causas, podemos terminar montados en una especie de cinta de Möbius existencial donde se discrimina sin fin al que discrimina. Es importante que seamos vehementes a la hora de defender la diversidad, pero también es importante que durante ese ejercicio seamos pedagógicos e incluyentes: es el único camino para no meter en la misma bolsa a los que actúan por descuido e ignorancia, y a los que lo hacen con dolo y premeditación.

Para cerrar, vale la pena precisar que para la filósofa italiana Anna Elisabetta Galeotti es posible y tiene sentido hablar de tolerancia si se piensa en términos de reconocimiento y que para la RAE tolerar significa también “respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”. En casos como el de la youtuber y “Las Igualadas”, los cuales se ven a diario en un país como el nuestro, sería ideal que fuéramos capaces de demostrar que es posible no sólo tolerar, respetar y hasta “amar” al otro, sino también perdonarlo. De lo contrario, seguiremos en lo mismo por los siglos de los siglos.

* Consultor e investigador en educación - University of Education, Freiburg (Alemania)

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado

Las mediadoras de los derechos

Radicalismos y transiciones