Dos caras de la bomba atómica

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Hiroshima es una ciudad moderna y hermosa. A la vez es un puerto, y desde el último piso de cualquier edificio se aprecian las islas vecinas salpicadas sobre la destellante lámina de acero del mar. La ciudad es limpia y organizada, y como en todo Japón, pese a la escasez de espacio, prevalece un gran respeto por la naturaleza, de modo que abundan parques y jardines, y se ven filas de árboles verdes bordeando las avenidas. Es una ciudad próspera. Hay tiendas famosas, restaurantes elegantes y lujosos centros comerciales. Aquí se encuentra el centro de operaciones de Mazda, una fábrica sorprendente en su tamaño y eficiencia, pues al final de la asombrosa cadena de montaje, la cual mide más de un kilómetro de largo, emerge un reluciente vehículo cada minuto. Aparte de eso, Hiroshima es una ciudad normal. El tráfico discurre sin tropiezos, los niños de los colegios visten gorros e impermeables amarillos y cruzan la calle en orden; las personas caminan por las aceras o arriman sus bicicletas al bordillo y las estacionan, una tras otra, como fichas de dominó que el viento a veces derriba. Al contemplar estas sencillas escenas urbanas, tan similares a las de otras ciudades del mundo, resulta difícil creer que aquí existió el infierno.

“Aquella mañana del 6 de agosto de 1945, hacía mucho calor”, evoca el señor Yoshitaka Kawamoto, en ese entonces director del Museo de la Paz de Hiroshima. Somos 14 colombianos vinculados a los medios de comunicación que escuchamos su relato en silencio. Hemos sido invitados por el gobierno del Japón a conocer el país. Aunque han pasado 30 años desde aquel día, siempre que recuerdo esta experiencia —todos los años, cada 6 de agosto—, la revivo como si estuviera sucediendo ahora. Estamos en un gran salón de conferencias, con amplios ventanales que dan a la bahía, sentados para almorzar en varias mesas cubiertas con manteles blancos que forman un cuadrado. Los puestos de un lado los ocupan los miembros del ayuntamiento de la ciudad, y en frente mío está sentado el señor Kawamoto. Es un hombre de baja estatura, de cabello corto y gris, y tiene 58 años de edad. Viste un elegante traje azul y una corbata sobria de rayas, y sonríe con amabilidad cuando alguien hace un comentario gracioso.

En 1945, Yoshitaka Kawamoto tenía 13 años de edad. Vivía con su madre y su hermano pequeño en el pueblo de pescadores de Ono, en las afueras de Hiroshima. Se había levantado como todos los días a las seis y había tomado el tren a la ciudad. Al igual que los demás niños de su edad, Yoshitaka había sido reclutado por el Ejército nacional para demoler casas según su ubicación y crear corredores de cortafuegos, a fin de impedir la propagación de incendios en caso de un bombardeo. En esa época casi todas las casas de Hiroshima eran de madera, de modo que una bomba estadounidense podía desatar un fuego arrasador. A las siete de la mañana habían sonado las sirenas antiaéreas al cruzar el cielo un B-29 americano —su misión, se supo después, era medir las condiciones meteorológicas del día, incluyendo la temperatura y la visibilidad—, pero había seguido de largo, y a las ocho de la mañana los niños de la escuela de Yoshitaka estaban divididos en dos grupos: unos recibían instrucción de bomberos en el patio de recreo y los demás se encontraban en los salones de clase. Yoshitaka estaba en clase.

A las 8:15, un niño de nombre Fujimoto se levantó de su pupitre y exclamó: “¡Miren, un B-29!”. Los demás niños se agruparon frente al cristal y lo vieron perfecto: volando sobre la ciudad como un solitario pájaro metálico, brillante en el cielo azul de la mañana. Yoshitaka Kawamoto también se acercó a la ventana para mirar. En efecto, el bombardero de cuatro motores de hélice tipo superfortress, bautizado Enola Gay en honor a la madre del piloto, acababa de doblar hacia el oeste y volaba justo encima de la ciudad de Hiroshima. Venía desde la isla de Tinian, a más de seis horas de distancia, y cargaba en su vientre un artefacto semejante a un tiburón gordo y negro, de 9.000 libras de peso, llamado Little Boy. El piloto, el coronel Paul Tibbets, mantuvo la altura superior a los 30.000 pies, y el bombardero, Tom Ferebee, se asomó a su visor y distinguió en la mira el puente Aioi sobre el río Honkawa. Ese era el blanco. Segundos después, las compuertas neumáticas del fuselaje se abrieron, soltaron la bomba y la aeronave, libre del peso de Little Boy, bruscamente ascendió más de diez pies en el aire. De inmediato, el Enola Gay comenzó a alejarse.

Faltando 1.980 pies para tocar tierra y a menos de 1.000 pies de la diana establecida, estalló la bomba atómica. A 800 metros de distancia del epicentro, el hombre que está delante mío, comiendo, recordando, hablando en voz baja y en tono cortés, la vio caer. No hubo ruido. Sólo un relampagazo fulminante que dejó al joven Yoshitaka inconsciente en el suelo y cubierto de escombros en la oscuridad. Cuando logró abrir los ojos, vislumbró una imagen imposible: el cielo estaba en llamas. Sintió un dolor agudo en el brazo izquierdo y tocó un pedazo de madera atravesado en la carne como una flecha. En aquel entonces, debido a la mentalidad espartana del Ejército japonés, a los niños les habían enseñado que era un acto indigno gritar o pedir socorro en momentos de miedo o peligro. De manera que Yoshitaka Kawamoto, al comienzo, sólo percibió gemidos en las tinieblas, pero poco a poco escuchó algo desconcertante: cantos. Tardó segundos en comprender: los niños sobrevivientes, menos de la tercera parte del salón, cantaban el himno del colegio para avisar que estaban vivos y señalar en dónde estaban. Con la voz quebrada Yoshitaka también empezó a cantar, pero pronto advirtió que las voces a su alrededor se iban apagando y que sus compañeros de clase morían cantando, uno por uno, hasta que él se quedó completamente solo. Fue el único sobreviviente de todo el salón. Asustado, salió a tropiezos a lo que creyó que sería la calle y se encontró con el averno.

Entre tanto, en el Enola Gay, la onda expansiva casi derriba el avión. Por un segundo el piloto pensó que los estaban atacando, cuando escuchó el grito de horror de uno de los tripulantes exclamando que venía otra ola. La onda expansiva de aire compacto era tan grande y sólida que la podían ver. El avión volvió a tambalear en el cielo, pero se logró enderezar y se retiró lo más rápido que pudo, mientras Tibbets y los demás tripulantes se asomaron a sus ventanillas y quedaron atónitos: un hongo monstruoso y colosal, negro y blanco, se elevaba sobre lo que segundos antes había sido una ciudad y ahora no era más que una indistinguible masa de fuego y ruinas. La nave militar siguió alejándose en las nubes, pero aquel gigantesco hongo gris no paraba de crecer, monumental y abrumador, y por un momento los tripulantes del bombardero pensaron que este no pararía de crecer jamás. Decidieron hacer una especie de apuesta, adivinando cuánta distancia podrían recorrer antes de que la formidable columna de humo se perdiera en el horizonte. El último en verla midió la distancia total: 363 millas.

Durante cinco días Yoshitaka Kawamoto estuvo extraviado, sofocado por el olor a carne humana, calcinada y descompuesta, deambulando entre los muertos y las ruinas de la ciudad. Finalmente lo encontró su madre. Se escapó de milagro de morir incinerado, pues se desmayó en la calle y, creyéndolo muerto, lo arrojaron sobre una pila de cadáveres que estaban a punto de ser quemados, pero el niño resbaló del montón y el hombre que lo recogió para volver a lanzarlo sobre los muertos sintió el latido de su pulso vivo. Al poco tiempo de la explosión, a Yoshitaka se le cayó todo el cabello y comenzó a sangrar por los orificios del cuerpo. Su madre asumió el desafío y se enfrentó a la muerte en una batalla sin cuartel durante más de un año, cuidando a su hijo de día y de noche, tratando de aliviar sus dolores y sus pesadillas en esa modesta aldea de pescadores, hasta que Yoshitaka se fue recuperando y lentamente regresó a la vida. “Fue su amor lo que me salvó”, concluye el señor Kawamoto, y al decirlo percibo un destello adicional en los ojos. “El amor de mi madre triunfó sobre la bomba atómica”. Cuando alguien de nuestro grupo le pregunta qué siente hoy hacia los Estados Unidos, el señor Kawamoto responde con amabilidad, sin rencor, y afirma que parte de su filosofía consiste en perdonar.

Describir el daño que hizo la bomba atómica es imposible. La ciudad fue borrada del mapa y la única estructura que permaneció en pie, un edificio semejante a un observatorio abandonado, todavía luce tal como quedó, medio demolido, y sugiere una realidad escalofriante. La temperatura en el epicentro dobló la requerida para fundir el hierro. Los vientos que derrumbaron las casas como si fueran naipes triplicaron la potencia del tifón más devastador de la historia del Japón, y las casas que soportaron la fuerza arrasadora del impacto sucumbieron a las llamas. Más de 80.000 personas murieron ese día por la detonación y la tormenta de fuego, otras 70.000 sufrieron heridas de gravedad, e incontables más padecieron las secuelas atroces de la radiación. En los cuatro meses que siguieron, murieron miles más. Muchos cuerpos jamás se encontraron porque se evaporaron, y las sombras de varios objetos quedaron estampadas por la intensidad del calor sobre la superficie en la que reposaban. Confieso que yo había leído acerca de ese fenómeno, pero no lo había concebido hasta que lo vi con mis propios ojos en una de las salas del Museo de la Paz: la silueta de una escalera inexistente, la sombra impresa sobre los restos de una pared, como si la hubieran tatuado.

Sin embargo, lo que más me hormiguea en las entrañas es la figura del señor Kawamoto. No logro encajar la experiencia de su relato, su vivencia dantesca y trascendental, con la realidad mundana y aplastante que percibo en el almuerzo, la tarea sencilla de terminar la comida, levantar con delicadeza la copa de vino y recoger con el tenedor un trozo de pescado. ¿Cuánta fortaleza interior, me pregunto, esconden esos ojos? ¿Cuánta tenacidad se requiere, y cuántas ganas de vivir, para apostar por la vida después de padecer lo que este hombre ha padecido? ¿Para volver a esbozar una sonrisa? ¿Para abrir los ojos cada mañana? ¿Para no tirar la toalla, con toda la razón, y rendirse al desaliento y a la desesperanza? Entre tanto, no puedo dejar de pensar en mi país, que ha sufrido tanto y ha derramado tanta sangre —y la continúa derramando— en parte por nuestra incapacidad de perdonar los hechos del pasado, y cavilo en eso mientras observo a este hombre que vio caer la bomba atómica, que sigue hablando en voz suave y cortés, y quien ha tenido la grandeza de perdonar lo imperdonable.

Yoshitaka Kawamoto termina su charla, para de recordar, y soy consciente de que acabamos de presenciar una muestra insuperable de magnanimidad. A la vez, me parece un símbolo aleccionador de la condición humana, porque nuestra especie puede fabricar una bomba atómica, pienso, y la puede soltar sobre una población civil e inerme, pero también puede producir un ejemplo de dignidad y superación como el señor Kawamoto. Hemos sido testigos de una generosidad espiritual abrumadora, y me quedo pensando que no todo está perdido en el mundo cuando, después de sufrir una de las mayores tragedias de la historia, un hombre como este que veo delante mío —bebiendo sorbos de su vaso de agua, escuchando atento y respondiendo preguntas con amabilidad y modestia— puede sonreír de nuevo, hablar sobre el amor y el perdón, encarar el futuro con optimismo y, ante todo, seguir viviendo.

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