Por: Cartas de los lectores

Dos cartas de los lectores

Creyentes y ateos

“¿Son los creyentes mejores personas que los ateos?”, se preguntaba Mauricio García Villegas en El Espectador. Me parece que la pregunta carece de sentido al no existir una respuesta racional demostrable para la misma. Supongamos una respuesta afirmativa, al menos como hipótesis: los creyentes son mejores personas que los ateos. La realidad vendrá a negar una y mil veces el supuesto con innumerables casos de creyentes malvados, perversos y negadores con su conducta de la bondad humana.

Pero si aceptamos la hipótesis contraria, también la realidad se encargará, con multitud de casos históricos, de descalificar la hipótesis de la que partimos: los ateos son mejores personas que los creyentes. Por lo tanto, si ambas hipótesis resultan igualmente falsas, la pregunta enunciada al principio no tiene sentido, pues ambas respuestas posibles se convertirían en cadenas interminables de casos que vendrían a demostrar igualmente la falsedad de ambas hipótesis.

Parece que la historia no permite afirmar que los creyentes, por serlo, sean mejores; ni que los ateos, por esa misma razón, sean mejores que los creyentes.

La historia está llena de ejemplos de ateos realmente monstruosos; y no menos de creyentes prodigios de maldad y perversión.

Personalmente, prefiero un ateo honesto a un creyente hipócrita. “La fe sin obras está muerta”, dice el apóstol Santiago. Existen ateos que han sido verdaderamente ejemplos de humanidad, compasión y respeto para con sus semejantes. La preocupación de Marx por la igualdad y la justicia de los trabajadores está más en la línea del Evangelio que el fanatismo de los lefebvrianos o de los Legionarios de Cristo.

Francisco Tostón de la Calle.

Libertad de prensa

Es francamente anonadante y triste que los Estados lleguen a entrometerse en forma absurda, y por demás injusta a todas luces, con la libertad de prensa. Sí, señores y señoras, esto está pasando en gobiernos de América a los que les disgusta sobremanera la libertad de prensa y llegan hasta decirles a los diarios qué publicar, eso sí para su conveniencia, disfrazando de interés público lo que es de interés particular para sus gobiernos.

Todo el grave fenómeno está explicado en el editorial de El Espectador “La ridícula censura ecuatoriana”, del 29 de abril/2017. Lo grave es que cuando la libertad de prensa se ataca fiera y sistemáticamente, estamos en los escenarios vitandos de las dictaduras, que siguen queriendo uniformar el pensamiento con el partido único. No les interesa para nada el pluralismo.

Bien lo explica el editorial al sentenciar que en esos ambientes de mordaza “los periodistas viven con miedo y hay incentivos para la autocensura. Eso, al contrario de proteger al pueblo, lo perjudica, pues genera complicidad con los discursos oficiales y margina las voces críticas, tan necesarias para las democracias y más aún cuando éstas son alteradas por la presencia de líderes todopoderosos y con ínfulas autoritarias”.

Abominable se vuelve el clima social “en el que una sola persona gobierna con poder total, sin someterse a ningún tipo de limitaciones y con la facultad de promulgar y modificar leyes a su voluntad”.

Rogelio Vallejo Obando. Bogotá.

 

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