Por: Jorge Iván Cuervo R.

¿Dos Colombias?

El desgastante e innecesario incidente del trámite en el Congreso de la República de las objeciones presidenciales a la ley estatutaria de la JEP, con las reacciones subsiguientes en el sistema político y en la opinión pública, dejó ver que hay dos Colombias que parecen irreconciliables, y que el Acuerdo de Paz con las Farc ahondó esa fractura que, en términos del debate público, es lo que se ha dado en llamar la polarización.

Toda sociedad tiene diferencias, unas más acentuadas que otras, y en un régimen democrático las preferencias políticas de alguna manera reflejan esas diferencias, pero hay unos mínimos que se respetan y, gane quien gane una elección, no se discuten, son esos consensos básicos que permiten avanzar, los cuales generalmente quedan establecidos en las constituciones, esos largos tratados de paz a los que aludía Norberto Bobbio.

Pero esta imagen binaria puede cambiar. La elección de Trump, por ejemplo, puso en evidencia que esos dos Estados Unidos que más o menos se han sentido representados en los partidos Republicano y Demócrata ya no son suficientes para entender al país del norte. Las diferencias por el rol del Estado, impuestos, un seguro de salud pública, por solo mencionar algunos temas que se resolvían en una alternancia política más o menos predecible, han sido afectadas por el efecto Trump quien, si bien fue elegido como representante del Partido Republicano, representa otra cosa: el cansancio con el establecimiento político, con la corrección política, con valores importantes como la tolerancia o el respeto por los inmigrantes. En las próximas elecciones ya no está en juego si más o menos impuestos, sino el tipo de sociedad que quieren los estadounidenses, una más tolerante e integrada al mundo o una nacionalista y agresiva.

En el caso de Colombia, la fractura actual se origina en la manera de entender el conflicto armado, tanto en su explicación como en la forma de enfrentarlo: si conflicto o amenaza terrorista, si mano dura o negociación, si sometimiento o justicia transicional, si santismo o uribismo, otra simplificación para entender la situación actual, porque lo cierto es que Colombia es mucho más que esa imagen, pero el debate en últimas se reduce a eso, dejando por fuera otros temas esenciales de la agenda pública.

Este escenario de polarización, que se hace más evidente en la reelección de Santos en el 2014, se acentúa con el plebiscito sobre el Acuerdo de Paz y se consolida con la elección de Iván Duque. Cada sector cree tener la razón y la suficiente legitimidad para defender sus ideas. Quienes defienden el Acuerdo de Paz –y me encuentro entre ellos– consideran que la negociación política era la mejor salida posible y el resultado: un proceso de justicia transicional. Quienes ganaron el plebiscito consideran que las Farc estaban derrotadas militarmente, que se entregó demasiado, que sin cárcel no hay justicia y que el gobierno de Santos les hizo conejo con el resultado del plebiscito.

Se trata de discrepancias profundas sobre el fondo –el qué, el porqué y el resultado de la negociación– y sobre la forma –el cómo–, y no parece haber en el corto plazo un punto de encuentro entre estas dos visiones, y a esto se suma que otros temas como los derechos de las minorías, el aborto, la eutanasia, entre otros, empiezan a recargar la atmósfera política, más allá de lo negociable, y ya parecen universos insalvables con contradicciones irresolubles.

No creo que una parte convenza o se deje convencer de la otra y viceversa, pero ¿es posible encontrar algunos consensos básicos, algunos mínimos necesarios para que esta conflictividad no nos paralice como sociedad? ¿Podremos seguir resolviendo esas contradicciones en el marco de las instituciones? ¿Hay que volver a discutir algunos puntos del Acuerdo y considerar que no hay inamovibles? ¿Naturalizamos esta polarización hasta desenlaces impredecibles? ¿Es hora de empezar a hablar de otra constituyente?

@cuervoji

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