Por: Aura Lucía Mera

Dos gigantes que se encuentran

CAPE TOWN. LA CIUDAD DONDE termina o comienza el continente africano. Hacia el sur, el Antártico y la estrella polar.

Hacia el norte un diamante que se abre entre el Atlántico y el Índico como punto de partida de ese continente misterioso, desconocido, cuna de la humanidad. La ciudad más bella del planeta porque no la diseñaron los hombres, sino que se fueron asentando en su entorno, respetándolo y convirtiéndola en un jardín de seis millones de habitantes. La única donde los edificios se cuentan con los dedos de la mano, y ninguno sobrepasa determinada altura. La única en que el cemento no tapa el horizonte.

Tal vez por eso, cuando los holandeses a mediados del siglo XVII llegaron por casualidad, sobreviviendo tempestades, corrientes salvajes y vientos arrasadores y lograron pasar la punta de Cape Point, donde se unen los dos gigantes azules, donde las olas encrespadas que se estrellan contra las rocas y las corrientes marinas se entrechocan con violencia para luego fundirse como dos amantes extenuados, se convencieron de que eran los elegidos de Dios y habían llegado a la tierra prometida.

Tal vez por eso, repito, esos marineros estremecidos de fiebre, moribundos, que lograron iniciar sus vidas en ese lugar lleno de magia, sorpresas, terrenos fértiles, montañas escarpadas, soles y lunas gigantes, sintieron un respeto reverencial por esa tierra y desde los comienzos la habitaron con cuidado, guardando sus espacios y venerando la naturaleza. No de otra manera se entiende que la ciudad, después de siglos, siga conservando todo su esplendor natural alucinante, y que el hombre blanco, el animal más depredador del universo, no la haya convertido en una selva de cemento y contaminación.

dad más bella del planeta porque no la diseñaron los hombres, sino que se fueron asentando en su entorno, respetándolo y convirtiéndola en un jardín de seis millones de habitantes. La única donde los edificios se cuentan con los dedos de la mano, y ninguno sobrepasa determinada altura. La única en que el cemento no tapa el horizonte.

 

Tal vez por eso, cuando los holandeses a mediados del siglo XVII llegaron por casualidad, sobreviviendo tempestades, corrientes salvajes y vientos arrasadores y lograron pasar la punta de Cape Point, donde se unen los dos gigantes azules, donde las olas encrespadas que se estrellan contra las rocas y las corrientes marinas se entrechocan con violencia para luego fundirse como dos amantes extenuados, se convencieron de que eran los elegidos de Dios y habían llegado a la tierra prometida.

Tal vez por eso, repito, esos marineros estremecidos de fiebre, moribundos, que lograron iniciar sus vidas en ese lugar lleno de magia, sorpresas, terrenos fértiles, montañas escarpadas, soles y lunas gigantes, sintieron un respeto reverencial por esa tierra y desde los comienzos la habitaron con cuidado, guardando sus espacios y venerando la naturaleza. No de otra manera se entiende que la ciudad, después de siglos, siga conservando todo su esplendor natural alucinante, y que el hombre blanco, el animal más depredador del universo, no la haya convertido en una selva de cemento y contaminación.

Una cosa es la crueldad extrema de holandeses, ingleses y franceses que  fueron asentándose y colonizando el país hasta haber logrado instaurar el régimen del terror y de segregación más trágico de la historia universal, y otra muy diferente que consiguieron hacer de esta ciudad peninsular la más hermosa.

Ciudad en que absolutamente todos, lo potentados y los totalmente marginados, tienen el derecho a la naturaleza. A los espacios. A vivir en contacto directo con lo más sagrado, que es ese regalo de bahías azules, arenas blancas, montañas rocosas llenas de mitos y leyendas, vientos huracanados o brisas acariciantes en atardeceres dorados.

De ese entorno, deduzco la amabilidad de sus habitantes. La sonrisa a flor de piel, la alegría innata, el ritmo de su andar, la chispa de la vida en los ojos. Ni los años del horrible Apartheid, ni las vejaciones, ni la opresión de los blancos usurpadores han podido amargar esos rostros morenos aceitunados; una raza bellísima de facciones, voces y ritmos suaves y melódicos. Tienen la mayor riqueza que jamás podrá comprar el dinero. Dios les regaló a el

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