Por: Fernando Toledo

Dos grandes

No soy afecto a las telenovelas: me parecen predecibles, llenas de lugares comunes, armadas a partir de un sartal de tonterías y con un melodramatismo cuya obviedad lleva sin remedio a lo insustancial.

No obstante me topé, al desgaire, con un capítulo de La Bruja, el seriado que transmite Caracol, y aunque se notan las consabidas perogrulladas, la fatigosa matraca con el tema del narcotráfico, el escaso interés del guión y la baladí referencia a personajes de la vida nacional, dos actores, por su calidad me dejaron como suele decirse con la boca abierta.

A diferencia de lo que ocurre con muchos intérpretes que, aun después de actuaciones aceptables en los escenarios, parecen apagarse en la televisión hasta el punto de ser incapaces de darles cuerpo y, menos todavía, alma a los personajes que representan, los dos a quienes me refiero se destacan por un nivel poco común. Vicky Hernández es una señora actriz que si bien impacta desde hace mucho en teatro y cine, en este seriado hace gala de una asombrosa fibra dramática al encarnar con sutileza e ironía a una matrona pueblerina pretenciosa y a la vez elemental. Valga destacar la justeza de las actitudes de esa señora típicamente paisa: los gestos, la manera de mirar, el acento, lo convincente de lo que dice y de lo que calla y, en resumidas cuentas, la verosimilitud. Una recreación nada convencional y, al mismo tiempo, cercana que, quizás por eso, conmueve aunque también produzca más de una sonrisa.

El otro que se ha ido robando el protagonismo es Andrés Parra, cuyo talante histriónico se hizo patente en la obra de teatro “The Pilow Man” y en el filme “La Pasión de Gabriel” donde hizo de cura algo libertino y a la vez mártir. En esta ocasión, la psiquis de un mafioso de baja estofa y lleno de crueldad, y sus actitudes hallan en una aparente bonhomía, en sus ademanes y aspavientos, en la voz, en los modales y hasta en la trabajada ordinariez la dimensión siniestra necesaria y esa gestualidad chabacana y grotesca a la que desde hace unos años, por desgracia y aunque a veces nos parezca chistosa, nos malacostumbramos los colombianos.

En síntesis, la serie atrapa gracias a esos dos auténticos monstruos que están lejos de interpretarse a sí mismos, como ocurre a menudo en un país donde las actuaciones, acaso por la escasa tradición actoral, casi siempre dejan qué desear. Con protagonistas así no es justo rechazar tan de plano las telenovelas, aunque sería deseable que, en todo caso, en ellas se cuidara con mayor empeño tanto lo textual como la dramaturgia.
 

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