Por: Columna del lector

Dos hombres, un ideal y un fatídico desenlace

Por Wilson Daniel Ortiz Lopera

Esta historia habla de dos hombres extraordinarios. El primero de ellos caía muerto un 11 de septiembre de 1973 en el Palacio Presidencial de la Moneda; y el segundo caía muerto un 25 de agosto de 1987 en una calle de Medellín.

El primero socialista y el segundo liberal. Ambos convencidos del reformismo por las vías democráticas. Ambos médicos cirujanos egresados de las mejores facultades de sus respectivos países. Al primero le permitieron vivir durante 65 primaveras y al segundo durante 66. Ambos defensores de la medicina social como ideal supremo que permitiría retrotraer los males que aquejaban a sus respectivas sociedades.

Amigos de la cultura, del humanismo, del diálogo, de la política con principios, de la pedagogía popular, de los desposeídos, de los famélicos, de los febriles y de los enfermizos. Enemigos del hambre, de la pobreza, de la muerte y de los poderosos. Dos hombres que en vida nunca pudieron compartir cafés, debates o postales, pero, estando en el cielo de los sabios, intercambiaron las siguientes palabras:

El primero dijo: “para mí, ya pasaron 45 años, la dictadura terminó, muchos lugares llevan mi nombre, cientos de miles me cargan en sus billeteras y tengo una estatua en la Plaza de la Constitución donde Isabelita lleva flores todos los años”.

El segundo dijo: “ya pasaron 31 años de mi asesinato, mi país construye la paz, una facultad lleva mi nombre, tengo una cátedra pública, algunas revistas y una estatua de bronce donde Cecilia también lleva flores cada año”.

El primer hombre, más alegre de carácter, preguntó: “¿Cómo ves el sistema de salud colombiano?”.

“Terrible, en crisis total, hospitales que cierran y personas que mueren, la Ley 100 permitió que el dinero de los contribuyentes fuera a manos de grupos económicos antes de llegar a los prestadores y lo han malversado”, contestó.

El otro replicó: “una lástima, pero vos sabes que en Colombia los cambios toman tiempo. En Chile, por ejemplo, tenemos el mejor sistema de salud de América Latina junto con Cuba, se logró que aproximadamente el 80 % de las personas quedarán en el FONASA, un fondo de administración pública que se convirtió en baluarte”.

El salubrista entusiasmado preguntó: “¿Cómo ves la medicina social en las facultades?”.

El chileno contestó: “debes entender que el neoliberalismo como proyecto político tiende a generar homogenización económica, política, cultural e intelectual. Por eso, veo a la medicina social cada vez más reducida y acorralada en los planes de estudio”.

El colombiano asintió y dijo: “en mi país todo servicio que no renta se cierra, importa la facturación y los clústeres estratégicos. En las facultades la prioridad es la exaltación de la técnica, la americanización del estudiante y la investigación sin utilidad social”.

La réplica de Allende no se hizo esperar: “compañero, en definitiva, lo triste no es recordar que físicamente nos negaron la posibilidad de existir, sino darnos cuenta de que nuestros principios y todo lo que defendimos en vida ha sido desplazado por discursos que desconocen al ser humano en su integralidad”.

Abad sentenció: “amigo mío, nos hemos convertido en símbolos decadentes, lámparas empolvadas que ponen a relucir los burócratas para alumbrar con destellos las noches más oscuras”.

“Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia”, dijo alguna vez José Saramago.

 

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