Dos metáforas frente al COVID-19

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Hace unas semanas vi una entrevista a una epidemióloga a quien le preguntaban qué le respondería a un adulto de unos 30 años si dijera, agotado por el confinamiento, que él ya no va a seguir las medidas de distanciamiento físico para reducir el contagio por el coronavirus. Que él asume sus riesgos, como lo hace un alpinista que escala el Monte Blanco; que si se accidenta o muere, es su asunto, por lo cual ni los otros ni el Estado tienen por qué interferir en su decisión.

La epidemióloga —cuyo nombre infortunadamente no capté ni logré encontrar después, porque vi el programa de refilón— respondió en forma aguda. Entiendo y comparto el cansancio de esa persona —dijo—, pero la metáfora es equivocada. Al relajar el distanciamiento físico, ese adulto no se comporta como aquel alpinista que, solitario, asume el riesgo de escalar el Monte Blanco, sin afectar a nadie. Esa persona se comporta más bien como quien se emborracha y luego insiste en conducir un carro, con el argumento de que él asume sus riesgos. La conducta es distinta, pues ese conductor ebrio no solo se pone en riesgo a sí mismo sino que también pone en peligro a terceros, ya que su imprudencia puede ocasionar accidentes fatales. Eso exactamente hace esa persona —concluyó la entrevistada—, pues, al relajar el distanciamiento y eventualmente contagiarse, no solo pone en riesgo su salud sino la de terceros, dado que se convierte en portador y transmisor del virus.

La metáfora podría ser llevada más lejos. Supongamos que, por una extraña circunstancia, ese conductor ebrio goza de una protección especial que hace que su riesgo de morir en un accidente sea muy bajo, aunque ese accidente pueda matar o herir gravemente a otros, y que por eso no le importa conducir ebrio. Eso parece suceder con muchos de quienes relajan el distanciamiento, pues, al no ser adultos mayores ni tener comorbilidades, saben que si se contagian su riesgo de tener un cuadro clínico severo es bajo. Entonces les importa poco contagiarse, a pesar de que así faciliten la propagación del virus que termina llegando a quienes, por su edad u otras condiciones, pueden morir o sufrir severamente.

Esta metáfora muestra que el distanciamiento físico no es solo una medida de protección personal, que uno podría decidir si asume o no, como quien opta por hacer o no ejercicio para cuidar su salud. Ahí el individuo es soberano. El distanciamiento social es también, y tal vez esencialmente, un comportamiento solidario, por medio del cual cooperamos para reducir la propagación del virus a fin de proteger la salud pública y en especial a quienes pueden morir o padecer cuadros clínicos severos. Es además, y tal vez esencialmente, un deber de solidaridad.

Esta metáfora, como cualquier otra, tiene límites y riesgos. En particular, no pienso que sea apropiado criminalizar el manejo de la pandemia pues no solo es ineficaz, sino que además muchos incumplen el distanciamiento físico porque sus necesidades sociales lo impiden. A pesar de eso, las metáforas son útiles porque vivimos una situación ambigua frente al COVID-19. Estamos tan agotados por el distanciamiento y tan esperanzados por la perspectiva de la vacuna que parecemos dispuestos a relajar las medidas para prevenir el contagio, en especial durante esta época navideña, cuando añoramos las aglomeraciones y los abrazos de la familia y los amigos. Ese deseo es comprensible, pero estamos viviendo momentos muy duros de la pandemia. Los contagios y las muertes aumentan o siguen muy altos y los sistemas de salud podrían colapsar. No es tiempo de relajar las medidas de prevención. No podemos comportarnos como ese conductor ebrio de la metáfora de la epidemióloga.

* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.

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