Por: Rodolfo Arango

Dos opciones para Bogotá y Colombia

La campaña para la Alcaldía Mayor va clarificando el panorama futuro del país.

La política sin ética, representada por Uribe, J.J. Rendón y Peñalosa, se enfrenta a una ética política basada en la recuperación de la virtud y la educación ciudadana. No es que Mockus, Parody o el Polo no hayan cometido errores. Pero como oposición al modelo Uribe se declaran contrarios al “todo vale”.

Dos casos recientes sirven para reflexionar sobre las opciones presentes: contratistas del Icfes venden las pruebas de estado a bachilleres que así logran sus propósitos fraudulentos. Si los jóvenes presenciaron la compra de votos para asegurar la reelección de Uribe, por qué no se sentirían autorizados a buscar el “éxito académico” por la vía fácil de comprar los exámenes oficiales. El otro caso involucra la muerte de niños indígenas por hambre en el municipio llanero que recibe más regalías petroleras en el territorio nacional, hecho lacerante y doloroso que revela la instrumentalización del individuo por el ánimo de lucro del gran capital, favorecido por gobiernos cómplices.

La presencia de Uribe en la campaña de Peñalosa, lejos de favorecerlo, lo perjudica. El poder burocrático y el capital, perseguidos por todos los medios, incluso por fuera de la ley, muestran especial insensibilidad hacia minorías y sectores tradicionalmente marginados por el modelo político y económico. En esto el gobierno Santos no es la excepción. La explotación de miles de licencias petroleras y mineras o la ejecución de megaproyectos hidroeléctricos, sin atender los derechos de las comunidades indígenas y campesinas, han llevado a la muerte de sus miembros más débiles. ¿Qué esperaban el anterior y el actual gobierno sino inanición al impedir el goce del derecho alimentario a quienes viven culturalmente de la pesca, la caza y el cultivo controlado del suelo? Parte importante de los desplazados son precisamente afrocolombianos e indígenas, minorías a las que el Gobierno promete reparación y restitución.

El debate electoral en el país tiende a centrarse en la relación entre ética y política. No es para menos en un país que crece económicamente y decrece moralmente.

En ese panorama la polarización no es entre Uribe y Santos. Tampoco entre Peñalosa y Petro. Entre ellos hay más similitudes que diferencias. Todos buscan el centro político por todos los medios. Están dispuestos a hacer enormes concesiones. La fórmula ganadora a la Alcaldía Mayor podría estar en la dupla Mockus-Parody, respaldada por sectores liberales y del Polo deseosos de sacudirse de la corrupción.

La reconstrucción ética del país exige dejar atrás el pragmatismo del “todo vale”. Las presiones indebidas a los jueces, el favorecimiento a los grandes capitales extranjeros en desmedro del interés general —como lo ha denunciado Salomón Kalmanovitz respecto a las regalías petroleras y mineras— y la política camaleónica son vicios que debemos abandonar si queremos un futuro promisorio y digno para nuestros hijos.

Arduo es el paso de un estado de naturaleza, en el cual rige la fuerza de las armas, del engaño y del dinero, a un estado civil donde reinan el derecho, la dignidad y la paz. Las opciones están dadas.

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