Por: Gustavo Páez Escobar

Dos Operaciones históricas

Las Operaciones Fénix y Jaque, realizadas contra las Farc en marzo y julio del año pasado, se convirtieron en el detonante mayor para que los presidentes Correa y Chávez enfilaran sus baterías contra Colombia. Desde entonces no han dejado de agredir al presidente Uribe con toda suerte de oprobios, insultos y amenazas, como si fueran ellos mismos los blancos atacados.

Por supuesto que ambos mandatarios, como simpatizantes de la filosofía del grupo guerrillero y protectores suyos en sus respectivos países, sintieron en carne viva los demoledores golpes propinados por la inteligencia militar colombiana y la Fuerza Aérea. Y han rebuscado cuanto argumento maquiavélico les ha venido en mente para obstruir la labor de nuestro mandatario, y de paso causan hondas grietas en la economía fronteriza de los dos países. Así de fácil se juega contra los intereses de ambas comunidades hermanas.

No solo se sitúan en el perverso campo de enemigos de nuestra soberanía, sino que incitan a otros países, fáciles para acatar sus intentos disociadores, para que se sumen a su causa, como en efecto ha sucedido, cada vez con mayor saña y sinrazón. El grupo de países que gira bajo la presión petrolera del presidente Chávez lo hace más por conveniencias económicas que por causas ideológicas. Pero revolviendo ambas circunstancias, como lo hace Chávez con fines aviesos, se obtiene mayor provecho.

Lo que existe en el fondo, y la sensata opinión pública internacional no lo ignora, es un empeño expansionista de la llamada política bolivariana de que  tanta gala hace nuestro vecino belicoso, que se autoproclama, sin pudor, como el segundo Bolívar. ¡Qué diferencia abismal existe entre los dos personajes!

Chávez pretende convertirse en el jefe supremo de los países afines a sus ideas y propósitos, labor que se le facilita por la irrigación de su riqueza petrolera –hoy en declive, pero aún con fuerza suficiente para causar daño–. Para eso acude al manido expediente de las adhesiones antiimperialistas, que hacen carrera en el continente. Proclamando la lucha contra el imperio, que tal es su lenguaje fogoso de los últimos días frente a la presunta instalación en Colombia de las bases militares, comete toda clase de desafueros, sin freno en la provocación ni temperancia en el lenguaje.

Correa y Chávez no podrán dejar de reconocer el profesionalismo demostrado por nuestros organismos de inteligencia en la ejecución de las dos Operaciones maestras, que pasarán a la historia y que han desarticulado, de qué manera, el vigor del movimiento guerrillero. Desde luego, no lo hacen en público, porque no conviene a sus tácticas secretas. El mundo entero aplaudió estas acciones valerosas, inteligentes y certeras, difíciles de cumplir en cualquier latitud.

No hay antecedentes de una misión tan perfecta como la Operación Jaque, descrita en forma estremecedora y fidedigna por el abogado y escritor Juan Carlos Torres, cuyo libro ha tenido amplia difusión en varios países. Lo que sucede ahora con la arremetida que Chávez y sus presidentes incondicionales ejercen contra Colombia por el convenio que adelanta el Gobierno respecto a la cooperación militar de Estados Unidos para controlar el terrorismo y el narcotráfico, es consecuencia indudable del éxito logrado por Uribe en su política de seguridad.

Hay que repetirlo: de estas dos Operaciones históricas, que pisaron callos en la vecindad, nace la malquerencia desatada contra el país. Si bien es inaceptable que los presidentes que agitan “vientos de guerra” acudan a procederes de tanta ruindad como los que ahora se viven, la actitud de Colombia debe ser prudente y conciliadora. La diplomacia por encima de la vulgaridad.

La grandeza de Álvaro Uribe debe imponerse sobre estas bajas trapisondas. La historia se encargará de decir dónde estaba la razón.  

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