Por: Christopher Hitchens

Dos preguntas para el Papa

LA VISITA DE SU SANTIDAD EL Papa a los Estados Unidos esta semana ha sido ocasión para todo tipo de manifestaciones de deferencia y servilismo por parte de los políticos y de la prensa. Ha habido la especulación usual sobre el crecimiento de un catolicismo “norteamericano” específico o distintivo: un catolicismo que, por ejemplo, me envió esta semana un pesado sobre con un material titulado Catholics for Choice, argumentando en contra del dogma de la iglesia sobre el aborto.

El fenómeno del “catolicismo de cafetería”, por el cual los creyentes eligen a gusto y placer entre las doctrinas que les complacen y aquellas que les disgustan, es entendido desde hace mucho tiempo. Fue el rol de Joseph Ratzinger, cuando era la mano derecha y el ejecutor de las normas del previo Papa, conducir al rebaño a una versión de la fe más tradicional y ortodoxa que esa.

El principal interés de este viaje, al menos para los católicos romanos, será ver la manera explícita en que se dirige a un rebaño demasiado acostumbrado a hacer sus propias reglas a la carta. Toda esta piedad y ceremonia es un poco aburrida y una pérdida de espacio en los medios de comunicación para una gran mayoría que todavía no somos católicos romanos. ¿Cómo soportar esta visita? Tengo dos sugerencias.

Además de ser el jefe de su iglesia, el Papa romano difiere de los otros Papas cristianos por el hecho de ser el jefe de un estado extranjero con el cual Estados Unidos mantiene relaciones diplomáticas. Pese a lo pequeño del Estado papal, las implicaciones de su política exterior son a veces de interés.

Por ejemplo, la Santa Sede firmó importantes concordatos con los poderes fascistas en las décadas del veinte y del treinta. Durante la década del noventa, fue el único Estado que reconoció al gobierno establecido por los militares tras el derrocamiento del presidente haitiano Jean-Bertrand Aristide. En el curso del período en el que las sanciones y el aislamiento diplomático estaban apuntando a mantener a Saddam Hussein en su “caja”, el único embajador de Bagdad totalmente acreditado de Europa occidental estaba en la Santa Sede.

En el pasado reciente, y en respuesta a las protestas por sus comentarios sobre el Islam, el Papa ha aceptado recibir en su residencia de Castel Gandolfo a más de 20 embajadores de naciones que se autodefinen como musulmanas. A muchos esto nos parece como dar licencia a que Estados extranjeros interfieran en la vida interna de la Europa secular en asuntos como el furor por la caricatura danesa contra el profeta Mahoma.

Por lo tanto, los periodistas y reporteros que se las arreglan para no seguir arrodillados, tal vez deseen preguntar al Papa si está conduciendo su propia política exterior y, si es así, ¿con quién la consulta? Hay otra pregunta que también plantea un asunto de naturaleza diplomática: ¿por qué el Vaticano continúa protegiendo al cardenal Bernard Law?

Hay que recordar que Law renunció a su posición como jefe de la arquidiócesis de Boston a finales de 2002. Tenía pocas alternativas. Una serie de juicios habían establecido más allá de toda duda que, como lo señala la jefa de redacción de Slate.com, Dahlia Lithwick: “Law no solamente era consciente del atroz extravío sexual de sus subordinados sino que estuvo aparentemente envuelto en los elaborados esfuerzos para encubrir incidente tras incidente de la violación de los niños” (Me detengo para elogiarla por emplear ese último término en lugar del mugriento eufemismo de “abuso”).

Para ser específicos, el cardenal admitió que sabía que el padre John Geoghan había violado al menos a siete niños en 1984 antes de que aprobara la transferencia de Geoghan a otra parroquia donde otros niños corrían un riesgo similar. Otros descubrimientos revelaron que el padre Paul Shanley, que en un momento estuvo enfrentando un juicio por 10 presuntas violaciones de niños, había sido trasladado de una a otra parroquia en lo que equivalía a un intento de protegerlo.

El propio Law le mintió al obispo de la Costa Oeste sobre la historia de Shanley y certificó por escrito que otro sacerdote violador, el padre Redmond Raux, “no tenía nada en sus antecedentes” para considerar “inapropiado que trabajara con niños”. Una vasta mayoría de estadounidenses dijo en las encuestas realizadas en esa ocasión que favorecían el enjuiciamiento de cualquier clérigo que no actuara ante la violación de niños por parte de sacerdotes. En ciertas jurisdicciones casi se llega a eso. Pero en Massachusetts, como el periodista de Slate.com Chris Suellentrop señala secamente, no hubo una ley que obligara a formular esas denuncias.

En otras palabras, una persona con información sobre violación de niños no estaba obligada a denunciar los hechos. O esa, al menos, fue la excusa del fiscal de Massachusetts. Sin embargo, suprimir información sobre un crimen es a su vez un crimen, y el cardenal Law y siete de sus obispos fueron en su momento llamados a prestar testimonio ante un jurado de acusación.

Toda la cuestión se volvió discutible después de su renuncia porque Law viajó a Roma y asumió una serie de cargos en el Vaticano. Solamente renunció como jefe de la arquidiócesis de Boston a la cual había ultrajado de tal manera, y se le permitió retener su mitra de cardenal.

Law fue nombrado arcipreste de la Basílica di Santa Maria Maggiore y fue hecho miembro de numerosas congregaciones ¡Además del Concejo Pontificio de la Familia! También participó a plenitud en el cónclave que eligió a Ratzinger como el sucesor de John Paul II.

Entonces, pienso que tenemos derecho a escuchar, cuando el vicario de Cristo y poseedor de las Llaves de San Pedro nos favorece con su presencia, si considera a su hermano Bernard Law como un huésped de honor en la ciudad santa o como alguien a quien se le está dando asilo. E incluso si no podemos conseguir una respuesta satisfactoria, es esencial que escuchemos la pregunta.

¿Hará la prensa su trabajo, y recordarán nuestros representantes electos sus responsabilidades para tantos miles de niños torturados y explotados? Algunos de nosotros estaremos vigilando y manteniendo un registro.

*Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual.

c.2008 WPNI Slate

 

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