Dos puertos, cien años y cero redistribución

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Barranquilla es la ciudad más grande de la costa Caribe colombiana. La ciudad, junto al delta del río Magdalena (a 7,5 km de su desembocadura en el Atlántico), fue el principal puerto marítimo y fluvial del país durante las primeras tres décadas del siglo XX. Barranquilla era entonces la ciudad de más rápido crecimiento de Colombia en términos de población y su ingreso per cápita era uno de los más altos del país. Sin embargo, a partir de la década de 1940 la ciudad cayó en decadencia económica. En 1942, la ciudad de Buenaventura, en la costa Pacífica, tomó el lugar de Barranquilla como el principal puerto de carga internacional de Colombia. El declive del puerto llevó a una recesión industrial en Barranquilla. A pesar del estancamiento económico en las décadas de 1950 y 1960, la población urbana continuó creciendo debido a la migración interna. Las personas de las zonas rurales del departamento del Atlántico continuaron llegando a Barranquilla en busca de mejores oportunidades laborales, pero rara vez encontraron alguna en el sector formal.

Buenaventura creció y hoy mueve el mayor volumen de mercancías en el país. La ciudad está rodeada de diferentes ríos y arroyos, incluido el Dagua, Anchicayá, Calima, Raposo, Mayorquín, Cajambre, Yurumanguí, Agua Clara y Escalerete. Pese a que las idas y venidas de barcos e ideas trajeron semillas de lucha, como la del movimiento de derechos civiles afroamericano, la ciudad se urbanizó de manera desigual. Tanto intelectuales y políticos de turno como los técnicos (casi siempre bogotanos) de los ministerios han coincidido en que existe una gran tensión entre la ciudad y el puerto: la salida al mar con su gran infraestructura usa los mejores suelos y las mejores aguas de la ciudad, pero no genera empleo de manera significativa para su gente.

Ambos puertos recibieron cientos de comunidades desplazadas en el transcurso del conflicto armado a partir de finales de los 80. En Barranquilla la desigualdad fue siempre palpable en las últimas décadas. Mientras la construcción y las empresas crecían en el sector norte y blanco, el sector suroeste más pobre, más negro y mestizo tenía el 61 % de su población bajo la línea de pobreza y una alta tasa de analfabetismo. Con el tiempo, no solo el suroccidente, sino (sobre todo) Soledad y Malambo fueron albergando la contracara del crecimiento sin coto de la casa Char.

En Buenaventura, el 80 % de sus habitantes, que son afrodescendientes, viven por debajo de la línea de pobreza y los servicios de acceso a agua y alcantarillado son para muy pocos. Hace siete años se liquidó el hospital público y fue reabierto a media máquina hace tres años sin solvencia económica ni unidad de cuidados intensivos. Las ganancias del puerto van a los bolsillos de un pequeño grupo en la ciudad y un mediano grupo en otras ciudades más blancas de Colombia y el mundo. Como casi siempre en situaciones en que los jóvenes están completamente a su suerte, el narcotráfico florece cotidianamente.

En Buenaventura, una nueva coalición política, que nació del paro cívico y lidera hoy el alcalde Víctor Hugo Vidal, intenta hacer las cosas de manera diferente. Sin embargo, las décadas en que empresarios del puerto usaron la ciudad dejan un legado que se traduce en muertes en el contexto de la pandemia por COVID-19. El alcalde de Barranquilla, Jaime Pumarejo, anunció que aumentará las medidas militares para controlar los brotes de contagio: pidió a sus copartidarios del gobierno Duque incrementar el pie de fuerza de soldados y policías para reforzar los patrullajes en los barrios pobres.

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