Por: Arturo Guerrero

Dos reporteros con su historia

Los años ochenta fueron la década en que ¨vivimos peligrosamente¨. Parodiando el título de la película de Peter Weir, de 1983, es sugerente afrontar las novecientas y pico de páginas de dos libros colombianos con semejanzas reveladoras.

El contenido del filme también guarda pistas inquietantes. Un joven reportero australiano (Mel Gibson) es enviado a Indonesia donde bulle la insurrección comunista de 1965 contra el presidente Sukarno. Conoce allí a un  enigmático fotógrafo y a un atractiva diplomática inglesa (Sigourney Weaver).

Mezcle usted estos ingredientes, trasládelos a la Colombia purulenta y mafiosa de los ochenta, y sabrá lo que es vivir peligrosamente. Tal como lo hicieron Rafael ´Rafa´ Baena y Guillermo ´Guillo´ González.

Rafa –para seguir con los apócopes fatigados por los amigos- fue fotógrafo de guerra, y no solo de guerra, hasta cuando hace casi dos años una severa avería de pulmones se lo llevó del todo. Escribió varias novelas batalladas y un ´acta generacional´, ¨Siempre fue ahora o nunca¨ (Alfaguara, 2014).

Guillo abrió su faena periodística con diez años en la redacción de El Espectador. Los mismos en que ¨todo lo sólido se desvaneció en el aire¨ –caramba, otra parodia: de la obra de Marshall Berman, casualmente de 1982-. Antes de dedicarse a la información cultural cubrió la balacera. Acaba de publicar ¨A pesar de la noche¨ (Ícono Editorial, 2017), donde ¨está encerrada parte de su historia¨.

Periodismo, guerra, mafia, rumba, trago, drogas, sexo, rock y salsa: estos son los componentes de la anécdota deslumbrante. Parecen una frivolidad de película pero son la marca de candela de un linaje desolado.

¿Son novela o crónica? ¿Periodismo o literatura? No hay duda de que en ambos casos se asoma el reportero con su minucia investigativa, su lenguaje mesurado, el peso específico de los acontecimientos que se imponen como gritos de la tierra.  

Pero la ficción vigila emboscada. El grueso volumen de Rafa se eslabona en capítulos de cuatro o cinco páginas que fraccionan el tiempo y el espacio de modo que el lector debe de armar en su mente una continuidad abigarrada.

Es tal la variedad e imbricación de los sucesos narrados que quien apueste a descubrir cuánto hay en ellos de autobiográfico ha de declararse derrotado. Solo que en el momento de comprobar este fracaso, la curiosidad se cambia por el asombro de hallar en estas páginas la raíz que nos amarga a los colombianos.

El libro de Guillo es una patente investigativa sobre la complicidad del Estado y la prensa en el desangre nacional. Lo narra un reportero hedonista sin arreglo en el amor, cuya figura se confunde con la de tanta juventud carente de ancla y timón en el naufragio fulgurante. Sorprende un desenlace impredecible, antecedido por un tejido de ficción con el viejo truco del manuscrito extraviado.

Baena no abandona una visión melancólica, escéptica, incluso cínica, que reconoce en el texto y que es patente en su fotografía de la solapa. González  admite con franqueza, ¨soy como un niño que juega con algo muy peligroso: el amor y la vida… Es una pelea de dos dentro de mí¨.   

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