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Dos ríos

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Es medianoche y tengo dos ríos atravesando el corazón. Ambos hablan de este país nuestro, bautizado por las balas, armado y desarmado en el afán intermitente de acabar y reconstruir los pedazos de vida que nos han quedado, expectantes, entre el suelo y el cielo.

Son dos ríos que deberían ser suficientes para hacernos entender lo funesto que resultaría devolvernos a la guerra y lo absurdo que ha sido herir los pactos de paz, como si no tuviéramos suficientes cicatrices en la historia, en la verdad y en los abrazos.

Dos ríos: Río Muerto, escrito por Ricardo Silva Romero, y el río Atrato, en el que Leyner Palacios y el documental Bojayá nos llevan a navegar por el más intenso dolor, por la resiliencia, el valor y la ternura.

Hoy leí por segunda vez el libro y vi por segunda vez el documental. Y podría seguir leyendo a Ricardo una y mil veces, y oyendo a Leyner, como tratando de encontrar en el uno y el otro la fuerza precisa y el argumento exacto, que me hicieran capaz de explicar, contar y denunciar cada centímetro de horror que cabe en la violencia; y seguir con los mensajes de urgencia, hasta que vivos y ausentes entiendan que no tiene sentido seguir alimentando la hostilidad premeditada, el rencor por instinto, la venganza siempre estéril; que segar vidas es irracional y pagar sicarios exige tener la conciencia muy cobarde y encogida.

Técnicamente, Río Muerto es una novela, una bellísima novela. Pero más que eso, es un grito de auxilio, una denuncia, un soplo de vida. Una petición de alto al fuego. Belén del Chamí no tiene coordenadas en el mapa de Colombia, pero podría ser uno y todos los pueblos; y Salomón Palacios podría ser tantos muertos, tanto dolor y tanta ausencia, como los que se pasean y se entierran, un día cualquiera, en los campos invisibles para el desangrado Sagrado Corazón.

Río Muerto es tan nuestro, tan palpable y a la vez tan mágico, tan lleno de soledad, de búsqueda, locura y esperanza, que se lee como un sueño que uno ya hubiera recorrido algunas noches, así como un niño perdido refugiado en las estrellas.

Por su parte, Bojayá es una realidad que unos podrán perdonar, pero nadie podrá olvidar. Una masacre de vida y verdad, en la que no hubo uno sino tres culpables: paramilitares, guerrilla y ejército. Un dolor que no deja de buscar esos ángeles que quedaron inconclusos, porque no hubo tiempo ni respeto para velar a los muertos, cantarles y darles agua —darles rezos— y que se fueran en paz. Dicen que, si no es por el Cristo que acabó sin piernas ni brazos, los muertos de la Iglesia podrían haber sido muchos más de los 79 registrados por Medicina Legal.

El Atrato empezó a crecer para que los grupos armados no pudieran llegar; las calles se llenaron de agua, y el pueblo, de hombres extraños. Tres días antes, los indígenas se habían ido a las cabeceras, porque su espíritu sabio y el canto de los pájaros les dijeron que algo terrible iba a pasar.

“A las cinco de la mañana oímos los primeros disparos” recuerda Leyner. “No se de dónde sacaron tantas balas (…) Luego nuestros gritos se hicieron tan fuertes que ya no se escuchaban las balas sino nuestros gritos. Parecía el infierno”.

18 años después, por indolencia y delito, infamia y complicidad, hay grave peligro de volver a la tragedia; otra vez los ríos, los pueblos y la esperanza quedarían vacíos de canoas y llenos de sufrimiento.

La paz no puede naufragar.

Impedir nuevas guerras, y terminar las que existen, no es una opción: es un mandamiento, ético y vital.

ariasgloria@hotmail.com

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