Por: Fernando Araújo Vélez

Dos siglos en deuda

Habían comenzado a sonar con estruendo, como todos los días, las campanadas de las seis de la tarde. Don Alfonso se quitó el sombrero y se persignó con el dedo índice, en el nombre del padre y del hijo y del Espíritu Santo.

Hizo una pequeña genuflexión y siguió por la carrera séptima hacia el norte, abstraído, convencido de que sobraban algunas campanas y faltaban unas cuantas sorpresas en Bogotá. De pronto alguien pronunció su nombre. Alfonso, Alfonso. Él volteó, pero no reconoció una sola cara. Alfonso, escuchó de nuevo a sus espaldas. Un hombre de cuarenta y tantos años le sonrió. Lo buscaba desde hacía mucho tiempo, le dijo. ¿Nos conocemos?, preguntó don Alfonso.

En esta vida, decididamente no, pero en otras sí que tuvimos relaciones. ¿En otras?  No se haga el distraído, Alfonso, que es mucho lo que usted me debe. Excúseme, tengo una cita urgente y voy algo tarde, se disculpó don Alfonso, con un leve gesto de contrariedad que opacó sus eternas buenas formas, pero su interlocutor no lo dejó ir. Lo tomó del brazo, fuerte, y en tono de amenaza le recordó que en el año de 1666 le había hecho un préstamo de 67 maravedíes, que al cambio de hoy, señor, y con intereses, suman 43 millones y medio de pesos mal contados.

Le ruego que me deje en paz, dijo, vehemente, don Alfonso, retirándole su mano, algo áspera, algo tibia y húmeda. Si hace falta, iré hasta las últimas consecuencias, exclamó en voz muy alta, en forma de advertencia, el señor de los maravedíes. Hizo señas de nos veremos con sus manos y su mirada y se marchó. Una semana más tarde, don Alfonso recibió en un sobre impecablemente lacado una especie de cuenta de cobro por 43 millones de pesos en números cerrados. Quiso romperlo. Su mujer lo convenció de que lo guardara. Tal vez lo llegarás a necesitar. Pasaron varias semanas. Seis meses. Una mañana tocaron de una forma inusual a la puerta de su casa. Era su acreedor. Llevaba en una caja de madera dos pistolas. Le ofreció una, la que usted desee Alfonso, y lo citó para un duelo a las cinco de la mañana del día siguiente, como se estilaba por aquellos primeros años del siglo XX.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Fernando Araújo Vélez

Del lenguaje de las noticias y otros poderes

Los tiempos de morir de realidad

Nuestro estúpido afán de mentirnos

Morir por mi cuenta

Decretos democráticos