Por: Carolina Sanín

Dos sobre Juan Roa Sierra

Hay dos novelas magníficas sobre el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, concretamente sobre su perpetrador, que el desocupado lector debería leer en vez de andar leyendo, por ejemplo, a Ángela Becerra.

Una es El crimen del siglo de Miguel Torres y la otra El jardín de las delicias de Guillermo Cardona. La primera fue publicada en 2006 y la segunda ganó el Premio Nacional de Literatura y fue publicada el año anterior a la primera. Lo único es que los dos títulos sólo podrían haber sido más comunes si los hubiera puesto la misma Ángela Becerra.

Cardona tuvo una idea brillante que se le habría podido ocurrir a cualquiera pero se le ocurrió a él. Trajo al Bogotá de Gaitán la leyenda medieval de "El viejo de la montaña": un potentado en Oriente narcotiza a unos hombres y los hace despertar en su palacio, rodeados de hermosas mujeres y de manjares para los cinco sentidos. Después de que ellos pasan un tiempo allí, los vuelve a dopar, los hace despertar en el lugar donde cayeron dormidos, y les dice que han estado en el Paraíso, a donde podrán regresar si matan bajo sus órdenes. Crea, así, un ejército de matones suicidas e, incidentalmente, da lugar al término "asesino", que deriva de "hachís". Cardona no cuenta esta historia -que ya contó Marco Polo en su momento- sino que convierte al magnicida de Gaitán, Juan Roa Sierra, en la víctima, el sicario drogado y tentado por el cielo. Roa es llevado al lugar paradisíaco a donde querrá volver (a la sazón ubicado en Anapoima) por un hombre que ha venido de tierras lejanas a petición de una manguala de oligarcas bogotanos.

El jardín de las delicias es una comedia en tres actos impecablemente divididos, cuya prosa recuerda al lector que los escritores atrevidos carecen de pretensiones. En el mejor sentido, la novela parece escrita en un día. Los diálogos son una gozada, salvo en las ocasiones en que el autor se embelesa con su humor cervantino y prolonga los chistes. Las escenas de sexo en el jardín paradisíaco tienen la rara virtud de ser cómicas y excitantes a la vez. Me habría gustado, sin embargo, que el final no fuera histórico sino, apropiadamente, de comedia; que el doctor Gaitán quedara vivo, por ejemplo, aunque esto excede el terreno de la crítica literaria.

Es que el final de El jardín palidece ante las últimas páginas de la novela grande y seria de Miguel Torres, que están entre las mejores de la literatura colombiana. El crimen del siglo causa admiración, además del penetrante estudio psicológico de Roa, por el pulso con que el autor recorre diversas líneas argumentales truncas, hasta el momento del asesinato, que, definido como el desencuentro entre dos muertos, hace que las tramas, en vez de anudarse, queden trágica y apropiadamente disueltas para siempre.

 

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