Por: Julio César Londoño

Dos tipos pésimos

La lista de hombres viles es larga.

 Más, sin duda, que la lista de los filántropos y los héroes. De esta galería, elegí dos malparidos notables para subrayar el amargo café del sábado.

El primero es el anónimo capitán de un campo de concentración de la II Guerra Mundial. Para resolver el problema del hacinamiento, manda a desfilar a los prisioneros en fila india, y la bifurca de manera arbitraria: los que toca con su bastón deben partir hacia otro campo. El turno les corresponde ahora a una abuela polaca y sus dos nietos, un niño de cinco años y una niña de siete. El capitán detiene la fila. “Escoge uno”, le dice el capitán a la mujer. Ella no entiende.

“Vamos a enviar la mitad de los prisioneros a Ghastz. Sólo puedes quedarte con uno. Elígelo”.

El dolor y el pánico dilatan los ojos de la polaca. “¡Noooo!”, grita arropando a sus nietos con los brazos como una gallina vieja pero resuelta.

“Entonces tendremos que matarlos a ambos —dice el capitán abandonando de pronto su discreción—. Elige: uno o ninguno”.

¿Por qué no lo elegía él mismo? O mejor: ¿por qué no dejaba tranquila a la mujer y a sus nietos, y tocaba suavemente con su bastón los hombros de los dos prisioneros siguientes? Porque era un nazi, no un hermano dominico, y un nazi, recordemos, era un hombre que podía escuchar a Wagner mientras discutía eficaces técnicas de exterminio, diseñar la sobria y monumental arquitectura del III Reich, dar a la cruz gamada un giro preciso y ponerla en el centro de una hermosa bandera, hacer una religión de una ideología y de la publicidad su eucaristía, llamarse Planck o Goebels, leer el Fausto y estudiar a Nietzsche, arrullar a sus hijos con los cuentos de Grimm o de Hoffmann, despreciar a los judíos y temer a Dios, creerse miembro de la raza más alta y soñar con el dominio del planeta. Sólo un trágico nazi podía mirar fijamente a la mujer y decirle: “Elige. Uno o ninguno”.

La mujer salvó al niño y se cortó las venas esa misma noche sin emitir un gemido.

En alguna parte leí esta historia hace muchos años. Luego volví a verla en el cine, y volví a sentir la misma náusea y la misma malsana admiración de entonces.

El segundo monstruo de esta galería es uno de los discípulos más inteligentes de Freud. Cuando nuestro monstruo tenía 17 años, su padre le puso un tutor. El elegido fue un erudito que pronto se ganó el afecto de todos en la casa. El hombre cantaba bien, recitaba de memoria los poemas de Heine y de Hölderlin, tocaba piano de manera aceptable y sabía conversar con gracia irresistible. Con estas armas se fue metiendo lenta y victoriosamente en el corazón de la madre del joven, una mujer de notable belleza, dicen.

Aprovechando un viaje del esposo, el tutor improvisó una velada. Hubo vino, música y risas, y esa noche la virtuosa señora dejó de serlo, vencida por las artes galantes del tutor.

El joven, que espiaba la escena, comprendió de pronto qué sentido tenía la perturbación que le producía la belleza de su madre, y estallaron en su corazón, al tiempo, los celos y el deseo.

Días más tarde, mientras ella le acomodaba el corbatín, el joven trató de besarla. La señora lo rechazó horrorizada. Entonces, con pasmosa frialdad, el joven le dijo que si no cedía a sus deseos la denunciaría ante su padre. Ella no accedió, el pequeño monstruo y futuro genio cumplió su amenaza y el padre, el señor Reich, no volvió a dirigirle la palabra a su esposa jamás. Después de unos días de pesadilla, la señora se suicidó. Este performance le ha valido a Wilhelm Reich, padre de la antipsiquiatría y genio sin madre, un lugar destacado entre los infames notables de la historia.

 

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