Dosis de aprovisionamiento

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Por: Alberto López de Mesa

Las personas referidas en esta columna autorizaron la publicación de sus testimonios, pero, dado que el asunto a tratar atiza en muchos la intolerancia yo he preferido no usar sus nombres de pila para no arriesgar su seguridad.

Fabricio fuma marihuana desde 1980, es el propietario de una exitosa frutería en el barrio La Porcíncula y por lo que narra el consumo de cannabis está totalmente integrado a su vida: el primer porro lo prende en la mañana antes de abrir el local, el segundo lo usa para afrontar el boleo del medio día, sigue el infaltable para después del almuerzo “que es como hacer la siesta despierto”, luego el que lo dispone para atender la salida de estudiantes y oficinistas y por último el coso que se lleva para la casa y que lo pone a dormir sabroso. Con este ritmo, más el incremento de las noches de viernes cuando farrea con sus amigos en una salita alterna y privada que tiene el local, necesita para la semana media libra o más de marihuana. No le gusta comprar en las ollas porque le sale muy caro y tampoco se arriesga a meterse en los antros peligrosos, de suerte que consiguió el teléfono de un proveedor al que llama y se la lleva a domicilio. Esta semana sucedió que la policía detuvo al muchacho que lo abastece, justo frente a la frutería y con la ración del encargo, se puso tensa la situación porque la policía entró al local y acusó a Fabricio de vender marihuana en el local. Al final se llevaron al jíbaro y a Fabricio lo dejaron sano. Él no lo dice pero lo más seguro es que los tranzó con algo de dinero. 

Manfredo el reciclador, dice que desde que compró el zorro dejó de parcharse en las ollas, la bajó al consumo del bazuco, le rinde más la plata y cumple con los compromisos. En la mañana hace acarreos en la plaza de Paoquemao, ahí consigue lo del almuerzo y lo del “gasolinazo” que son las bichas de ir fumando mientras va recogiendo material reciclable. En estos días el bazuco subió de precio, las papeletas de dos mil quedaron a cuatro y en algunas partes a cinco, comenta con resignación. Su ruta es por toda la carrera 16 desde el centro hasta la calle 80, vuelve a las 8 de la noche con la carreta repleta de material, lo vende en la bodega de confianza, se compra las trabas de pasar la noche en el andén donde parquea el zorro y se traba tranquilo con alguna pelada de la calle o con los otros parceros recicladores. El viernes le fue bien en el trabajo, se enguacó con buen material y se dió la fiesta, pero le calló la policía y como le encontraron cinco papeletas de bazuco se la montaron de jíbaro, se las quitaron y le tocó pagar el impuesto para que no lo embalaran, la salió cara la fiesta.

Juan Carlos ya es supervisor de cajeros en una sucursal de Bancolombia, en las noches cursa noveno semestre de administración de empresas en la universidad La Gran Colombia. Dice que consume cocaína en el trabajo y en las rumbas, nunca se embala para asistir a clases. “En la oficina nadie sabe que yo me meto mis pases en el baño, ni siquiera mi novia, un secreto entre dos ya no es secreto”. Para Juan Carlos, lo más problemático de su consumo ha sido el adquirir la dosis. Antes conseguía “escama de pescado” la vendían una cápsula que venía en un dedo de guantes de cirugía, eso era un montón, ahora se consiguen bolsitas, que ya subieron de precio las de cinco quedaron a diez y las de diez a veinticinco, con el riesgo de que te metan cualquier porquería. A él lo han tumbado mucho, hasta se le han ido con la plata sin darle la mercancía, por eso se arriesga y al salir de la oficina va a una olla del Santa Fe y se abastece con la dosis para el día siguiente y cuando tiene plata para toda la semana. Dice que es metódico y tiene fuerza de voluntad para no meterse todo en un solo viaje. Para entrar a la olla se quita la corbata, pero los tombos por su cara y por su pinta le han caído varias veces, así que ahora se disfraza, va de compras con overol, tenis y cachucha, lo joden menos, pero no deja de ser un riesgo eso de la compra.

Según informe del Ministerio de Salud en Colombia el 11% de la población ha probado alguna sustancia psicoactiva. Las medidas para prevenir y desestimular en el consumo de drogas varían en cada gobierno, oscilan entre la permisividad negligente, la persecución policiva y el desentendimiento.

El fiscal Néstor Humberto Martínez, que le gustan los ruidos mediáticos, dijo en público: “Necesitamos ajustes legales para vencer el microtráfico, la dosis mínima es un escampadero de expendedores y microtráficantes”. Esta posición del fiscal se empata con la promesa de campaña del presidente Ivan Duque, asi que todo está armado para que se inicie una gran campaña de persecución a los adictos. El país no quiere asumir que la drogadicción es un asunto de salud pública, que las medidas policivas han sido un fracaso y que los mojeres ejemplos para el tratamiento de la problemática se dan en lis países que han asumido el camino de la legalización y es el estado y no los expendedores quien se apersona del aprovisonamiento, la reducción del daño y el tratamiento de los adictos.

La policía colombiana, en este gobierno, sin inducción humanitaria ni terapéutica abordará por la fuerza y con comparendos a los consumidores callejeros. Obviamente, la ley será para los de ruana.

 

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