Por: Carolina Sanín

Dramocracia

MUY OPORTUNO QUE ESTE AÑO EL Festival de Teatro de Bogotá caiga en las mismas fechas en que comienza la fase crítica (por así llamarla) de las campañas electorales, pues la coincidencia lleva a considerar la compleja relación entre política y arte dramático.

Antes de cada espectáculo, uno puede ver en el foyer a los personajes públicos investidos de sus papeles, cumpliendo su ambición de hacerse visibles entre sus pares. Ve a esos escritores que más que hacer literatura han querido hacer de escritores; ve a esas señoras administradoras de la cultura que antes que cultivarse quisieron ser oficiantes de ritos culturales y contemplarse disfrazadas en el espejo; y, sin ir más lejos, yo vi anoche en la platea de un gran teatro capitalino al Vicepresidente de la República, mostrándose y saludando de fila en fila —que se sepa, para el papel de vicepresidente no hay otras acotaciones—.

La exposición constante a los medios audiovisuales ha hecho que algunos, cuando asistimos al teatro, lo hagamos desde cierta distancia y en vez de vivir la experiencia estética pensemos en su carácter. Nos preguntamos por la línea que divide el escenario del público, y por un instante podemos darnos cuenta de que no existe. Y el hecho de que antes y después de la función veamos en televisión a los candidatos presidenciales nos hace recordar que el nacimiento del teatro en Atenas coincidió con el nacimiento de la democracia, que el legislador Solón escribió una forma incipiente de teatro, que el imperial Pericles fue contemporáneo de Sófocles, y que la representación política, la jurídica y la teatral en parte constituyen alternativas una de la otra y en parte son manifestaciones de un mismo problema intelectual, el de la identificación.

Pero, si bien el teatro y la democracia tratan de señalarse y de criticarse mutuamente, la suya es una relación que, en tiempos de la democracia mediática, explica ya poco. La televisión ha hecho que el drama y la política pasen de ser comparables o contrastantes a ser indistintos, y ha transformado la democracia, que pretendía ser el gobierno del pueblo, en el gobierno del público (una frase rimbombante sobre la que no puedo elaborar en este espacio).

En las próximas elecciones, muchos colombianos que no voten coaccionados o vendidos votarán por el personaje que crean que mejor representa su estilo y no por el que mejor represente sus intereses: elegirán pues, a un actor y no a un abogado. Y el actor elegido no será quien interprete el gran drama humano, como en el teatro clásico; será quien mejor remede aquello a lo que su elector quisiera parecerse; es decir, será el actor que mejor oculte las frustraciones del público; es decir, el que mejor interprete el papel del televidente en tanto televidente.

El público, que tiene la fantasía de haber domesticado el poder (pues lo ve en televisión, en su cama), no quiere verse reflejado en un gran personaje político/ trágico. Viendo el debate televisivo del martes pasado, en el que las moderadoras preguntaban a los candidatos a la Presidencia cuántos pares de zapatos tenían y cuándo habían llorado por última vez y, para abordar temas éticos, les proponían hipótesis personales (“Si su hijo fuera homosexual…”) me quedó claro lo que ya todos sabemos aunque sigamos haciendo el papelón de la política: que se espera que elijamos en las elecciones a un personaje de telenovela. El único candidato visiblemente incómodo con este orden de cosas parece ser Rafael Pardo. Esta circunstancia —la de ser un mal actor que deja asomar una emoción auténtica— no lo hará presidente pero sí lo hace deseable a este lado del televisor.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Carolina Sanín

Una defensa

Última columna

Elogio

El chiste flácido

Una sentencia sin principio