Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Dudas

Dice el excanciller y nuevo mindefensa: “Que no le quepan dudas a nadie de que en Colombia no se toleran” violaciones a los derechos humanos y al derecho internacional humanitario. Loables palabras; pero palabras que generan todas las dudas del mundo.

Pues la práctica absolutamente sistemática, recalcitrante, de este Gobierno —para no ir sino a los antecedentes más inmediatos— es tolerar dichas violaciones y en cambio reventarle el alma a todo aquel que se atreva a denunciarlas. No estoy exagerando. De hecho, no conozco una sola excepción. Van sólo un par de recordatorios. Cuando una red de soldados y oficiales asesinó al desmovilizado y líder comunal Dimar Torres, el ministro de Defensa saliente reaccionó de la siguiente manera. Primero, trató de encubrir y justificar el hecho. Después, mandó al ostracismo al general que le pidió perdón a la comunidad: hombre, esas cosas no se hacen. Finalmente, resultó evidente que la opinión estaba lidiando con un grotesco y sanguinario crimen, y al poco tiempo nos enteramos por la revista Semana que el valiente oficial que lo había denunciado estaba siendo sometido a acoso institucional. La misma triste historia, a propósito, que rodeó a los otros cinco mil y pucho falsos positivos reportados en la primera década de este siglo: un dulce abrazo de protección institucional rodeó a los perpetradores, mientras que los denunciantes y los valientes que se opusieron a la sevicia se toparon con la fría severidad que se estila para con los sapos (sí: uso ese lenguaje consciente de sus implicaciones). El estupendo libro del coronel Rojas Bolaños y del sociólogo Benavides Silva lo muestra de manera contundente.

Se puede observar la aplicación de exactamente el mismo libreto durante el episodio del bombardeo en el que terminaron destrozados los cuerpos de no se sabe cuántos niños por este Gobierno que se desvive por ellos. Con esas nodrizas, les informo que los niños colombianos están en problemas. Pero divago. Al principio, nos presentaron un operativo fabuloso e “impecable”. Después, cuando las cosas empezaron a ponerse oscuras, trataron de obturar las fugas de información y de crear supuestos que permitirían justificar el episodio. Entonces resultó que no había tal manto de ignorancia: que un impertinente personero había informado de antemano los incómodos detalles que hacían que el operativo pudiera no resultar tan impecable. A la postre, nos enteramos de los intríngulis de la operación gracias a un espectacular debate parlamentario llevado a cabo por el senador Roy Barreras.

¿Pues saben qué? El personero resultó amenazado de muerte. Afortunadamente, la comunidad internacional corrió a ponerle un manto protector —el mismo que le niega tanto la dirigencia como la institucionalidad colombianas—, pues de lo contrario todos sabemos que podría terminar como la jueza aquella que condenó a un sargento homicida (de hecho, adivinen qué: violador de niños. Y en este episodio se repitió el libreto, sólo que con resultado luctuoso). Y el senador también terminó en las mismas, seguido, chuzado y amenazado. La idea claramente es quebrantarlo.

Con un agravante terrible: y es que en este libreto que es estándar, que aparece una y otra vez cada que alguien trata de proteger en serio los derechos, hay un mensaje explícito o no, pero siempre muy claro desde arriba: es el defensor, y no el perpetrador, quien ha cometido un hecho monstruoso. ¿No denunció Duque en su discurso a propósito de la renuncia de Botero que la seguridad había sido puesta en peligro por “politiqueros”? ¿Y no ha sido incapaz este Gobierno, comenzando por el presidente, de pronunciar una sola palabra de condena a los ataques contra Barreras? Se les traba la lengua. Más aún: ¿no han normalizado completamente nuestras instituciones y medios el hecho de que quien se mete a lidiar con ciertos temas termina siempre, inevitablemente, amenazado de muerte?

¿Si ve, ministro? Puras dudas. ¿Quiere resolverlas, o se trata de una cortina de humo más?

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2019-11-15T00:00:47-05:00

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