Por: Isabella Portilla
Cabeza de Medusa

Duélale a quien le duela 

La indignación se está convirtiendo en un modo habitual de expresión. En oficinas, universidades y casas la ira está presente. En las calles casi forma parte de la contaminación del aire: cada peatón indignado lanza improperios, como los carros echan humo por los tubos de escape. 

La rabia se está volviendo necesaria y hay quienes dicen que este alboroto pueda llegar a convertirse en una revolución. Es evidente que hasta los perros abandonados en las esquinas perciben la carga explosiva de los humanos. 

Los periodistas dicen que estamos próximos a ser testigos de una debacle que se irá a llevar todo por delante: a políticos, curas y banqueros. Y a todos los homofóbicos, sin importar su quehacer. 

Cada día la gente se une a más movilizaciones en la calle, algunas con pancartas pacíficas, otras que incluyen una violencia que lleva a destrozar vitrinas y a dejar los buses de TransMilenio inútiles. Aún más inútiles. 

Los intelectuales sugieren que esa será la única forma de penetrar el horizonte cerrado y amañado para unos pocos durante siglos en el país. 

La urgencia de ponerlo todo patas arriba alimenta día a día el corazón de los jóvenes, que continúan agitados haciendo que la rebeldía se convierta en una ebullición muy parecida a la que experimenta un líquido pasado por el fuego. Las fuerzas de la sociedad están haciendo que todos los días haya una protesta nueva. Y las redes sociales explotan a diario con mensajes exaltados.

Sin embargo, hay algo extraño en este alboroto. Puede que la rabia no obedezca a que este sea un pueblo emancipado. Los analistas internaciones conjeturaban que la gente estaba cansada de las matanzas e injusticias y que no estaría dispuesta a cumplir esa cadena perpetua de ser colombiano por fuera de la cárcel. Pero todo se desmintió. Las versiones más especializadas coincidieron en que la rabia precede en el país a un cataclismo y que por eso los colombianos, como simios, están haciendo ruido. 

@isobellack

 

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