Duele Colombia

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Ningún partido político apoyó al Gobierno en su intento por pasar una de las reformas tributarias más progresistas y ambiciosas que ha visto Colombia durante muchos años. Una reforma que, por supuesto, tenía cosas que había que ajustar.

Una reforma revolucionaria, que buscaba ampliar la base tributaria del impuesto de renta, comenzar a racionalizar los ineficientes y mal asignados subsidios a lo largo y ancho del presupuesto nacional, enfocarse en mejorar las condiciones de ingreso de los más vulnerables. Una reforma a la altura de las circunstancias, pues Colombia va a salir de esta pandemia afectada como nunca antes en la historia reciente. Los 3,5 millones de pobres adicionales son apenas, me temo, la punta del iceberg.

Y todo se fue al carajo. Por la ineptitud del Gobierno, por la mezquindad de los políticos, por la inconformidad y el hastío de la gente. Ni siquiera hubo chance de pensar sobre la reforma. Pocas voces de aliento, de apoyo, de mesura, de sensatez, de invitar a la reflexión y la calma, salvo algunas solitarias y calificadas desde la academia y algunos columnistas de opinión.

Colombia se quedó sin formas civilizadas para debatir. El Gobierno pareciera enconchado, desconectado, recibiendo información que parece no reflejar la opinión y el pensamiento de la sociedad. Pero, ¿cuál es esa opinión, cuál es ese pensamiento? Imposible saberlo entre pitos, cacerolas, desmanes, saqueos, estatuas tumbadas, gases lacrimógenos, medias verdades y manipulaciones. Imposible saberlo entre mezquindades, liderazgos mediocres y extremos que parecen irreconciliables. Imposible saberlo.

Las marchas perdieron el norte de su legítima lucha y protesta. El Gobierno perdió los estribos de la gobernabilidad. Otros, preocupados por el año electoral. Colombia, al garete, sin respeto por las instituciones ni por una mínima arquitectura de autoridad. Y el país, sin espacios para conversar. Cada quien tira para su lado, no hay quién convoque, quién lidere, quién explique, quién negocie y llegue a consensos. Aquí no hay espacio para ponerse de acuerdo ni siquiera en mandatos fundamentales: no matar, no robar, no comer del muerto. Y no por falta de voluntad, sino por falta de que nos escuchemos los unos a los otros. Se perdieron la apertura y la tolerancia, se enquistaron el dogma y el prejuicio.

El resultado: mantener uno de los sistemas tributarios y de subsidios más regresivos y menos equitativos del planeta. Subsidios asignados a quienes menos lo necesitan. Ciudades enteras saqueadas, bloqueadas, impedidas en su progreso por marchantes que no tienen idea de qué quieren, qué piden, qué representan. Que no vengan ahora con generalidades como la dignidad, la igualdad y el respeto. No es suficiente. Para tener dignidad, igualdad y respeto hay que proponer cosas concretas. Construir, redactar e implementar.

Colombia pierde la posibilidad de haber discutido una reforma que, con problemas, realmente iba en el camino correcto, que buscaba comenzar a rediseñar el sistema tributario que tanto hace falta, resolver inequidades y ayudar a transitar el momento histórico que vive el país, de una pandemia que no amaina, de una crisis extrema y profunda, de una violencia que no cede, de una inseguridad al alza. Pero esa posibilidad se perdió. Cómo duele Colombia.

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