Por: Cristina de la Torre

Duelo de populismos

Pelea de pavos reales, claro. Cacería de votos para perpetuarse en el poder, acá y allá, por supuesto. La crisis estalla a seis días del referendo que podría convertir a Hugo Chávez en presidente vitalicio, y cuando el partido de la U lanza el proceso para repetir la reelección de Álvaro Uribe, también por referendo. Injurias van y vienen. El insulto electriza a la galería. Se sabe.

Pero en el mar de fondo se adivina el reventón  entre dos estilos de gobierno que, no obstante sus afinidades, ya no podían tolerarse. El choque entre Uribe y Chávez protocoliza el divorcio entre un populismo de derecha y otro de izquierda, que ambos mandatarios personifican en versión de caudillismo autoritario.

Uno y  otro rescatan los ingredientes políticos del viejo populismo latinoamericano; como el contacto directo con el pueblo, esta vez bajo la forma de consejos comunitarios. Pero en economía ocupan polos opuestos. Mientras Uribe funge como discípulo aconductado de un modelo de apertura que multiplica la pobreza, Chávez recupera para su nación el petróleo, la electricidad, las telecomunicaciones; promueve una reforma agraria. Y sin embargo, desde su propia orilla, cada uno intenta saldar la deuda social agigantada por la implantación del neoliberalismo en estos países, acaparando recursos públicos para aliviar la pena del pueblo con mano de benefactor de la patria, único, imbatible, imprescindible.

El de allá dispone de 20 mil millones de dólares arrancados a la renta petrolera para inversión social en su país. Ha disminuido la pobreza en Venezuela, mas no la desigualdad. Con aquel “fondo opaco” financia, por contera, su diplomacia del oro negro. Pone la mira en un liderazgo continental que le abra puertas en la China, en el Medio Oriente, y le permita soñar con un nuevo mapa geopolítico que les sitúe a los gringos el fundamentalismo islámico en Caracas, a tiro de mortero (o de bomba atómica), en vista de que La Habana no representa ya amenaza. Por su parte, el de acá oficia como aliado solitario del imperio. Acaso más apegado al terruño,  monta un emporio de “acción social” que opera desde la propia Casa de Nariño, arrebatando platas y funciones a más y más entidades públicas. Ha extendido a las ciudades su programa de Familias en Acción, para dar subsidios de ocasión a los más desamparados, mientras el desempleo sigue incólume. Y su Ley 100 convierte la salud pública en vergüenza nacional. Como en todo populismo, el gasto social ocupa sitio de honor en Venezuela y en Colombia. Allá y acá, sociedades a la deriva, se concentran en manos del gobernante, que así concentra más poder. Manes del asistencialismo. La diferencia es que Chávez “politizó la miseria”; la prestación de los servicios públicos ha producido cambios sustanciales en el país hermano, y en el nuestro obra apenas como propaganda del gobierno.

Al lado del interés por “lo social”, otros rasgos comparten: la obsesión por el mando personal y la ojeriza contra el adversario político. Para muestra, el trato a la prensa. La SIP advierte sobre una celada del gobierno de Chávez contra la libertad de prensa en su país, y la nueva Constitución protocolizaría la censura. El sociólogo Luis Hernández denuncia el surgimiento de un “macartismo tropical, una ideología de la persecución, la intimidación y la delación (una), criminalización de la disidencia, de buscar en todas partes traidores a la patria…”. Si por allá llueve, por aquí no escampa. Se sonroja nuestra democracia al registrar un trato parecido del presidente Uribe contra  periodistas que informan sobre hechos que incomodan al poder. Pierde los estribos el jinete y fustiga a voces a sus críticos, sin reparar en que allí donde él pone la imprecación, otro bien podría poner la bala.

Chávez triunfó en el 98 con la idea de devolverle al Estado su función social y económica. Pero la cosa derivó  en caudillismo militarista; en castrismo agonizante fundido con un socialismo sin horizonte de desarrollo sostenible. Equívoco radicalismo que recupera la ortodoxia comunista disfrazada de democracia participativa, diría Petkoff. Uribe, en cambio, siempre fue claro. Desde el comienzo propuso un modelo de derecha, y en él vamos. Fue claro incluso en la hecatómbica ligereza de confiarle a Chávez una intermediación con las Farc, sin imaginar que ésta podría llegar a buen puerto. Por eso sacó al coronel a sombrerazos. Para no darle el mérito. Y Chávez, previsible, dio el salto mortal de la social-bacanería a la social-boconería.

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