Por: Álvaro Restrepo

Duelo y dolor de los maestros

Tuve el privilegio el pasado martes 26 de septiembre de dirigirme, en el auditorio de Compensar, a más de 300 rectores de colegios oficiales, invitado por el subsecretario de Educación de Bogotá, mi amigo Iván Gómez. Pude escuchar ese día los lúcidos planteamientos de la actual secretaria, María Victoria Angulo. Me impresionaron la serenidad, profundidad, claridad y ponderación de sus reflexiones acerca de las llamadas “competencias socioemocionales”. Habló de la importancia de ¡la educación artística!, algo totalmente inusitado y exótico en boca de una funcionaria de su talla y también de la dificultad para su equipo de seguirle “su voltaje” pues se percibe como una funcionaria exigente y muy rigurosa...con un orden mental envidiable...especialmente para alguien tan intuitivo y caótico como quien escribe estas líneas.

La fecha era particularmente crítica y triste: Iván me llamó la víspera para pedirme que mi charla estuviera orientada hacia el poder sanador del arte y las humanidades y en especial la educación del cuerpo... Hacía pocos días había sido asesinado de manera brutal el rector del Colegio Atahualpa de Fontibón, profesor Nelson Velandia. Los móviles del crimen aún son inciertos, aunque se rumora que había recibido amenazas de un estudiante con el que había tenido problemas. La atmósfera, cuando ingresé al recinto, era grave y muy densa: la mayoría de los rectores iba vestida de colores oscuros, pues al finalizar mi charla debían salir directamente a las honras fúnebres de su colega. El evento se inició con un minuto de silencio pedido por la secretaria, quien además de su conferencia, habló sobre protocolos de seguridad, el comité de amenazados que ella preside, el acompañamiento del CTI de la Fiscalía y la Unidad para las Víctimas, etc etc...Todos temas tristísimos, cuando de lo que se trataba era de hablar de educación y del mejoramiento de su calidad. Pero es esta la realidad que viven estos héroes anónimos que son los rectores y los maestros de Colombia: los colegios —no todos afortunadamente— son un reflejo del campo de batalla, o mejor, el semillero de violencia que tiene a este país en la postración que conocemos.

Con preocupación recibí el pedido de Iván y estuve toda la noche anterior, desvelado, pensando cómo debía orientar mi charla. Más y más se le atribuyen al arte y a la educación poderes mágicos que no tienen para sanar las innombrables y multiformes heridas de la guerra. De un momento a otro recordé un bellísimo y conmovedor artículo que había leído hacía un par de días en El Tiempo: una columna de María Emma Wills titulada “Una nación en busca de duelo”. En ella, con enorme lucidez y valentía, María Emma habló de la necesidad que tenemos los seres humanos de crear rituales colectivos en los que podamos compartir nuestro dolor y llorar juntos: expandir la esfera del duelo. Llegó el momento de elaborar un llanto polifónico en el que podamos expresar la soledad y el sufrimiento de las víctimas, de los victimarios, de los indiferentes... Todos hemos sido víctimas de una demencia colectiva —fratricida— que nos cubrió durante 52 años. Llegó la hora de mirarnos a los ojos y de asumir la tarea de reconstruir juntos el alma y el cuerpo rotos de Colombia. Es por ello por lo que en varias ocasiones he insistido sobre la necesidad de que las audiencias de la Comisión de la Verdad sean transmitidas en vivo por televisión: debemos escuchar con entereza los desgarradores relatos sobre los horrores que ocurrieron en nuestro país, para que nadie pueda decir que no sabía...Debemos presenciar en vivo y en directo el momento en que los perpetradores pidan perdón y el momento —íntimo— en que las víctimas decidan concederlo. Debemos, como país, abrazar a víctimas y a victimarios cuando ellos decidan darse el abrazo de la reconciliación...y llorar... “llorar mucho y en profundo”, como dice María Emma.

Opté por comenzar mi charla leyéndoles la columna de Wills. Esto creó una atmósfera de respeto y de solemnidad en ese momento de dolor, necesaria para ambientar mi conversación sobre la urgencia de implementar una educación generosa y exploradora que descubra las vocaciones, los dones y los talentos de los estudiantes, como condición sine qua non para poder impartir una educación integral, en una atmósfera de plenitud y de realización. Yo sostengo que los estudiantes (y en ocasiones los maestros) son violentos —agreden y se agreden— porque no aman lo que hacen ni cómo lo hacen ni dónde lo hacen. La frustración, la resignación, la rutina, los convierte en seres mediocres que no ven un futuro de realización vocacional: trabajar en lo que a uno le gusta y sólo en eso, nos decía Gabo, como fórmula magistral para la felicidad. Pero la educación que se imparte en nuestro país desafortunadamente nos conduce a trabajar en lo que a uno le toca y sólo en eso.... La gran mayoría de los seres humanos no hace lo que es. El Ser y el Hacer están escindidos y esa ruptura es, a mi juicio, la principal causa de las tensiones en la escuela.

El duelo y el dolor de los rectores sólo se curará el día en que alumnos y maestros dejen de ser enemigos en un campo de batalla: cuando la escuela se convierta en un campo fértil donde se cultiven y se cosechen los anhelos, los sueños, las esperanzas y los proyectos de vida —vocacionales— de los estudiantes... ¡y de los maestros!

* Director del Colegio del Cuerpo.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Álvaro Restrepo

Salto al vacío / salto al pasado...

Respuesta a Clemencia Vargas

El ridículo como estrategia de campaña

Tomenú: nuevo movimiento político

Carta (súplica) abierta a Gonzalo Córdoba