Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Duke

Tres tiros recibió Elider Varela la semana pasada, en Medellín.

Duke Kamarada, Elider, líder, hip hopper de la Élite, educador de la Escuela de Hip Hop Kolacho. Empleado de un lavadero de carros en el barrio Laureles, papá de dos niñas (de 2 y 4 años), esposo.

Duke cantó sobre el orgullo que sentía por haber decidido andar el camino del rap, “demostrando al mundo lo real que es el arte”. Anunció que pese a haber sido testigo del “mal”, su esencia estaba intacta y emprendería una lucha para hacer “danzar al barrio”.

Compuso sobre el impacto del hip hop, de su “lenguaje sólido, masivo y legal”. Aunque la legalidad de sus rimas no le significó recibir un trato distinto, en un territorio militarizado, en el que son diarias las denuncias de “desmanes” de las fuerzas del Estado contra la población civil (“Que si vienes del morro eres un guerrillo como el resto”). Amargos recuerdos, compuesta por Duke, Kronos y otros artistas del CEA, habla de la Operación Orión: “Era difícil estar dentro y difícil estar fuera, me señalaban, me maltrataban como si un bandido yo fuera”.

Duke murió “haciendo la revolución musical” (como lo anuncia en una de sus rimas). Inmersos en contextos de violencia, él y un gran grupo de hip hoppers crearon sus propias estrategias para darles sentido a las experiencias de dolor por las que siguen atravesando. Sus asesinatos sistemáticos (y los de otros tantos) dejan al descubierto la ridiculez de seguir declarando la Comuna 13 como “un éxito de intervención urbana”. La comuna que, en palabras de Duke, “arde en historia”, donde “las puertas se cierran guardando memorias, ocultadas en asfalto gris”.

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