Duque es cada día un día menos

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Por cuenta de Uribe y con la ayuda de Petro, este país eligió a un presidente que pasará a la historia como el más intrascendente de todos. Es evidente que, con mucha pena y sin ninguna gloria, a Duque ya se le pasó la mitad de su período y sus ejecutorias son mínimas. Me disculpan lo diplomático.

Al presidente tan solo le quedan 600 días. Buena noticia, pero al mismo tiempo mala. Buena porque ya casi se va, y mala porque cada día de esos será eterno, por cuenta del desgobierno, la crisis y la falta de empatía con el pueblo.

Dos años desperdiciados, dirían algunos críticos, pero todo pinta para que al final sean cuatro y tirados a la basura. Duque no aprendió a gobernar y ya no aprenderá. Se quedó adormecido en su perpetuo período de prueba, que esperamos concluya rápido. No hay esperanza de que esto cambie, todo es más difícil con el sol a las espaldas.

El problema no es Duque. El asunto aquí es Colombia. Él puede darse el lujo de desperdiciar dos años de su vida, o de tirar a la basura cuatro. Pero Duque no es Colombia. Y Colombia, que sí somos todos, no puede darse licencia para perder ni un solo día en su apuesta de consolidar el desarrollo.

Cada día que pasa sin que Colombia solucione sus problemas es un día menos de posibilidades para la gente. Una oportunidad fallida por el paso del tiempo para fortalecer la justicia, para aumentar el ingreso per capita, para elevar el PIB, para generar empleo, para consolidar la paz, para hacer más empresa, para eliminar la discriminación y para alcanzar una sociedad más justa e igualitaria. En fin, un día menos para gozar de un mejor país.

El Gobierno dejó pasar el gran momento de fervor ciudadano para legitimar y liderar una lucha contra la corrupción como política de Estado, que permita a los colombianos convencerse de que ser pillo no paga y que los recursos públicos son sagrados. No ha habido una reforma a la justicia que traiga fortalecimiento constitucional, recursos ni, mucho menos, el fin de la morosidad judicial y rampante impunidad que día a día la avergüenzan. Tampoco ha habido una reforma política que solucione los graves problemas de financiación de campañas, de la contratación pública como contraprestación al apoyo económico a candidatos por parte de las mafias y mallas de la contratación. Mucho menos, una reforma que permita la reducción del Congreso y combata la compra de votos como instrumento para consolidar la plutocracia en que vivimos por cuenta de que la política se haga con ríos de dinero y no con lluvia de ideas.

Algunos dirán que la pandemia no dejó a Duque hacer todo lo que él hubiera querido. Cuento chino, pues cuando la pandemia apareció, el presidente ya había malgastado año y medio de su mandato, tenía su popularidad en menos del 30 % y no había tramitado ninguna reforma trascendental. Y, de otra parte, no me estoy refiriendo a temas económicos, pues entiendo que la pandemia cambió las metas, prioridades y estrategias, y aumentó las necesidades. Sin embargo, en los temas de corrupción, reforma a la justicia, reforma política y otras tantas que se hacen inaplazables, la inactividad de este Gobierno nada tiene que ver con la pandemia y quizá sí con su inexperiencia y la falta de ganas de transformar este país.

Es un verdadero pecado mortal el que Duque se haya dedicado a no hacer nada trascendental y solo se haya enfocado en ver pasar el tiempo, contemplar el anochecer y presentar un programa diario de televisión que desde hace mucho tiempo ya nadie ve.

Los países desarrollados lo son porque no se dedican a malgastar el tiempo; al contrario, aprovechan cada segundo para estructurar políticas públicas esenciales. En cambio, aquí el tiempo se invierte en gobernar por gobernar, en hacer que los poderosos duerman tranquilos y los más necesitados se desvelen, y, claro está, en no incomodar a los corruptos. Pero bueno, existe la esperanza de que todo cambie y el mal gobierno de Duque contribuya con ese propósito, pero en el 2022. ¡Ojo!

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