Duque: manejo inteligente y ponderado

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Quizá, dentro de una o dos décadas, los historiadores argumentarán que, a lo largo de la historia de Colombia, muy pocos gobiernos se vieron enfrentados a terremotos sociales y económicos como los que le ha tocado responder a Iván Duque. Creo que resaltarán, por lo menos, cinco hechos descomunales. En primer lugar, el resurgir del narcotráfico. Haciendo un esfuerzo enorme, el país había logrado reducir el número de hectáreas sembradas de una cifra de unas 200.000, hacia comienzos de siglo, a menos de 50.000, hacia 2010, pero, infortunadamente, el número de hectáreas volvió a subir a partir del 2015, logrando en 2018 la cantidad más alta jamás sembrada, con una producción de cerca de mil toneladas de exportaciones de clorhidrato de cocaína y una participación de casi el 2 % del PIB; más de dos veces la del café y tres veces más que la de comienzos de la década. Esto es muy grave, porque el narcotráfico destruye el bosque húmedo tropical, contamina las quebradas y los ríos, asesina colombianos, financia campañas políticas, corrompe las administraciones y sostiene grupos armados ilegales, como los carteles mexicanos, el cartel de los soles, el Eln y las disidencias de las Farc, entre otros. Detrás de este negocio y de estas actividades está también la dictadura chavista, que, mientras exista, tratará de destruir nuestra democracia y ayudará y financiará a sus adláteres en el país. 

El segundo choque que le ha tocado enfrentar al gobierno de Duque es la inmigración de ciudadanos venezolanos. Se calcula que, descontando a los que han regresado, unos 1,8 millones de venezolanos se encuentran en Colombia y, según estimaciones del IMF, esa cifra podría llegar a cuatro millones, demandando más recursos, más seguridad social y atención por parte de las autoridades nacionales y locales. 

El tercer choque es la protesta social, un fenómeno internacional que, en América Latina, fue particularmente fuerte en Chile, Ecuador y Colombia, pero que, de alguna manera, ha estado relacionada con otros fenómenos, como las protestas de Hong Kong, los chalecos amarillos de Francia y el nacionalismo catalán. Compuesto primordialmente de jóvenes y sin una clara dirección, la propuesta ha tratado de ser aprovechada por movimientos oportunistas y por algunos sectores violentos, que le quitaron parte de la legitimidad y sentido positivo que le imprimieron inicialmente las nuevas generaciones.

El cuarto choque ha sido el desplome del precio del petróleo, que durante algunas horas llegó a un insólito nivel negativo, y que ha asestado un duro golpe a las finanzas públicas del país. Y el quinto ha sido, por supuesto, el coronavirus, del cual aún no hemos salido y no sabemos cuánto durará, pero sí podemos tener la seguridad de que sus consecuencias serán, sin duda alguna, muy duras y de larga duración. Frente a estas circunstancias, imposibles de haber sido anticipadas por observador alguno, el presidente Duque ha reaccionado con inteligencia y  serenidad, escuchando a todos los sectores, consultando a los mejores expertos y tomando decisiones. Muchos de los que lo critican no entienden lo difícil que es estar en el gobierno aun en tiempos normales y no se alcanzan a imaginar lo que es gobernar y tomar decisiones tan trascendentales en una época tan convulsionada. Pero una parte importante de la opinión pública ya está reconociendo ese esfuerzo y conducción, y no me cabe duda de que así lo harán los historiadores del futuro. 

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