Duque sí tiene problemas

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En días recientes han sido palpables los esfuerzos para darle a la opinión pública un parte de tranquilidad sobre el futuro de las relaciones bilaterales con Estados Unidos. Además de entrevistas con el embajador estadounidense Philip Goldberg y la canciller Claudia Blum en El Tiempo –que leyendo entre líneas consternan más de lo que aseguran– el ahora pasquín Semana sacó en portada el título “No problem!” que advierte que todo lo hemos advertido académicos, analistas, periodistas y también opositores sobre los costos políticos de la alineación oficial con Trump y la participación de integrantes del Centro Democrática a favor de los republicanos en las elecciones obedece, o a un deseo malsano de que a nuestro mandatario le vaya mal con Joe Biden o a una lectura ignorante y equivocada de la política exterior.

Por experiencia pasada sabemos que los cambios de poder aquí y allá son momentos en los que Washington pasa factura y formula peticiones nuevas, en especial cuando el Estado colombiano presenta conductas y el país problemáticas que no gusten o que inquieten a quien ocupa la Casa Blanca. En el caso del gobierno Duque, la idolatría hacia el peor y más peligroso mandatario de la historia estadounidense y la campaña inaudita de su partido en la Florida –por no mencionar los inadmisibles actos y pronunciamientos del embajador Pacho Santos– se suman a sus posiciones frente a temas críticos como la paz, los derechos humanos, los cultivos ilícitos y Cuba que no encuentran eco entre los demócratas e incluso, pueden generar antipatía.

Por ejemplo, una lectura cuidadosa del informe bipartidista de la Comisión de Política de Drogas entre cuyos firmantes se incluyen Juan S. González, el nuevo director para Asuntos del Hemisferio Occidental del Consejo Nacional de Seguridad, y Dan Restrepo, ambos de origen colombiano y del resorte de Biden revela no solo que el Plan Colombia se considera un fracaso en materia antidrogas y la erradicación forzosa ineficiente y hasta contraproducente, sino que una política inteligente debe poner en el centro las necesidades de las comunidades en las zonas cocaleras (y de los excombatientes), involucrarlas en la toma de decisiones y garantizar la protección de sus voceros, que se reitera como obligación del Estado.

En línea con ello y por más que algunos quieran oír otra cosa, desde la inauguración el embajador Philips ha señalado que habrá cambios de énfasis en la agenda bilateral, comenzando por la priorización de la implementación del acuerdo de paz y la defensa de los derechos humanos, dos de los flancos más débiles del Gobierno a ojos internacionales. Si bien el diplomático anticipa que cualquier roce producido por el intento de interferencia electoral del Centro Democrático se puede superar, también recuerda sus propias advertencias públicas al respecto, como quien dice “aténganse a las consecuencias”.

Aunque es obvio que Estados Unidos seguirá viéndonos como un país “amigo” otra cosa distinta es desconocer que el cambio de vientos en la Casa Blanca exige recalibrar la estrategia gubernamental y sí, reparar el daño hecho, como tan olímpicamente lo hace la ministra de Relaciones Exteriores. Queda por verse si Duque sea lo suficiente astuto para sortear esta nueva realidad, pero de lo que no cabe duda es que a Colombia le podrá beneficiar y mucho.

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