Duque sin Trump: solo y torpe

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“Desgraciado el que no tiene padre ni madre ni perro que le ladre”.

Dicho español

Ahora, cuando tanto se habla de la vacuna, pienso en la María Fernanda, cabalmente frenética incitando desde su potrero a los del frenocomio de Trump a que no desmayen en el asalto al Capitolio de Washington y a lo que éste representa; ella que, como el resto del encierro uribista pregona, a todos los vientos que expele, el acatamiento de la ley, de la seguridad democrática y del rechazo al terrorismo y al vandalismo, y clama por la represión feroz y el apoyo a los armados que la sostienen.

Tampoco puedo dejar de pensar en Uribe y Pastrana, hace casi cuatro años, modosamente y genuflexos intentando colarse a Mar-a-Lago, la hacienda en Florida que Trump convirtió de manera ilegal en club privado; cipayos con la bolsa llena pero arribistas vergonzantes, con la cola entre las piernas salieron a tartamudear explicaciones. Pero ni siquiera les pidieron el taxi. Y pienso en la miseria de Iván El Terrible Duque viendo en televisión las imágenes del asalto al Congreso, y la del Archila invertebrado, humilde repetidor de las hazañas del “señor presidente”, según órdenes; del Holmes sin el olfato de su modelo inglés (si lo pensara bien, antes de meterse en campaña se miraría en el espejo del Pinzón perdonavidas en su derrota); y pienso en la miseria de todos los subalternos milicos y civiles uribistas, Acore incluída, que durante años, sobre todo los dos trágicos últimos, se han parado en puntillas y estirado el cuello para que los viera el Asno de Oro del copete airoso y sus representantes en Colombia, mientras reclaman el glifosato y que el país se incinere ya del todo en la Guerra contra las Drogas.

Y no puedo olvidar a los vociferantes (Popeyes incluídos como los de Washington) que han repetido los berridos de la Paloma, el Mejía, el Edward, la Paola, el Nicacio de los manuales angelicales y las instrucciones criminales, el Zapateiro gritón, el Atehortúa caído en buena hora (aunque tipos como él, aquí, “se caen de p’arriba”, ya se sabe, con la ayuda del Barbosa); y el abyecto Diego Molano, el cínico Lafaurie de razonamientos bovinos; y los mermados que han repetido la imbecilidad del castrochavismo y decidieron, orgullosos, exportarla a la Calle 8 de Miami, como aporte –vía Pachito, el inefable– a la campaña del gran Mono, con la esperanza de que éste se acordara del uribismo en 2022. Lo niegan, claro, sobre todo ahora en la derrota del común estilo y en la hora del “yo no apruebo la violencia” (sólo la de Washington, se entiende), pero ya la vocera de “Latinos for Trump” los delató con su gratitud emocionada por la ayuda desde antes de noviembre. ¿Y la esperanza uribista? “Todo ha muerto, la alegría y el bullicio”; … y el delirio.

Ahora el pobre Duque deja constancias y le da la espalda al Mono, y mira con angustia a todos los teléfonos de la Casa de Nari y la de Cartagena y al que carga en la cuatrimoto (de tan ilustre tradición entre uribistas paisas) mientras salta feliz entre los escombros de Providencia; pero los teléfonos no suenan desde la oficina de Biden president elect para agradecerle sus relamidas protestas de adhesión al vencedor, y de rechazo a los “patriotas” asaltantes republicanos. No llega invitación para el 20 de enero. Lástima, cuando Duque ya estaba listo a partir con el pergamino (bordes ahumados con cigarrillo), con las “saludes” de Uribe, el sombrero vueltiao y la cachucha, Maluma y las totumas de natilla; cuando la Cabal y Lafaurie, asociados con el cornúpeta de la cara pintada, tenían organizada una corraleja de 20 de enero en homenaje…

Y no llega invitación ni señal alguna de qué le dictará Biden a Duque a partir de este año, porque los asesores del nuevo gobierno demócrata han puesto en la picota la Guerra contra las Drogas y el Plan Colombia de las entrañas del ventrílocuo de Duque, el expresi…diario Uribe. Dejado de su mano por Washington, el lamentable Duque va a quedar, en política exterior, frente los observadores de la ONU, de la UE, del Parlamento inglés y los garantes del proceso de paz y ante buena parte de la opinión nacional, “sin padre ni madre ni perro que le ladre”.

Esta derecha (ahora llamada extremo centro por el despistado anchorman de la pantalla chica colombiana), la extrema derecha de allá y de acá, no sólo es criminal sino desoladamente torpe. En un país que, como Estados Unidos, puede enorgullecerse de tener un sector académico admirable, millones de ciudadanos de pensamiento liberal e instituciones como su prensa y otros medios (con las delirantes excepciones que sabemos), producción y capacidad de recepción del arte con pocos comparativos, e instituciones políticas tan fuertes que han sobrevivido pese a tantos atorrantes en el poder y en la calle, ha sufrido durante más de 200 años el asedio (a veces violento como el del 6 de enero) de los Nixons y Bushes (ambos asaltantes de elecciones), Reagans, Trumans y Eisenhowers (éstos dos últimos campeones del macartismo), de la criminal insania de guerras como la de Vietnam, del racismo furioso y de la xenofobia inconcebible en un país de inmigrantes; esto, para sólo hablar de una parte del siglo XX. Trump se propuso batir todos estos records y agregar uno inédito: quedarse en el poder contra toda razón y toda evidencia de la falsedad de sus alegaciones, como si en ese caso él hubiera sido el discípulo del Uribe del malogrado tercer período, y no al contrario como suelen, incluso acudiendo a la movilización de la chusma de Washington y la importada de varios estados (mob la llamaron distintos medios de allá, sin duda advertidos de las varias acepciones de la palabra).

Aquí conocemos bien esas influencias y esas originalidades de la extrema derecha: si en Estados Unidos han tenido los cuatro años de Trump y de los dichos arriba, en Colombia hemos sufrido los ocho de Uribe con el ascenso del paramilitarismo empeñado con éxito en superar el horror de las guerrillas, que desembocaría luego en el propósito final de hacer trizas el proceso de paz, y el restablecimiento de un estado de guerra permanente, provechoso a los detentadores del poder. Y los cuatro años tenebrosos de Turbay, las masacres (como la de la UP) del taimado Barco, y, para no alargarnos, el imperio permanente del militarismo y de un Estado policial que se traslapan de un gobierno a otro, con picos tan altos como la “recuperación” del Palacio de Justicia tras la bestialidad del M19. Allá y acá, en el Norte y en todo nuestro Sur, esa derecha brutal ha probado de manera fehaciente, no sólo cuando está en el gobierno, qué significa: la primacía forzada del imperio de la ignorancia sobre los ciudadanos (cuando se tiene la certidumbre absoluta de poseer la verdad y todos los derechos arbitrarios, ya no se puede aprender nada y sólo queda la fé en un destino manifiesto), de la superchería y del engaño; del asco a la ilustración y al apoyo de la ciencia; de la fuerza, no como legítimo monopolio del Estado sino como arma esgrimida contra el Estado de Derecho, contra la razón, los derechos humanos y las libertades ciudadanas. El imperio del Estado de Opinión, de la exaltación del líder, de sus títeres y de su voluntad totalitaria (la captura, en USA y en Colombia, de las Cortes, de los órganos de control y del legislativo, y la construcción aquí de un Estado corporativo con el apoyo de algunos gremios privados). Tras el culto de la personalidad del fantoche en el poder (mire a cualquier burócrata en la pantalla y en todos los medios, obligado a citar cada tres palabras al descaecido “señor presidente”), y tras todos los atropellos, lo que aparece es el fascismo así en otros casos se llame izquierda: remember el “socialismo” de Hitler y Mussolini en sus primeros pinitos oportunistas, el de Stalin o el de Maduro y el de Ortega; o el Eln: la destrucción de la convivencia interna y de las buenas relaciones internacionales.

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