Por: Juan Manuel Ospina

Duque y la paz

La semana pasada en la instalación de la Comisión de la Verdad, una de las criaturas de los Acuerdos de La Habana, se evidenció como sigue haciendo estragos el pecado original de la concepción y nacimiento de la negociación del presidente Santos, al no haber convocado al país con generosidad democrática a lo que sin duda debía ser un gran propósito nacional y ciudadano. Nació y permaneció como un esfuerzo excluyente del Presidente y su grupo, con la consecuencia de generar y consolidar el frente de los no convocados, identificados como los enemigos de la paz.

La Comisión, al menos en el papel, tiene una misión fundamental , crear las condiciones humanas y emocionales para que Colombia recupere su alma y alcance una situación de convivencia democrática, al facilitar el escenario para hablar libremente sobre la pesadilla vivida, no con el fin de producir condenas jurídicas sino para que las víctimas relaten sus historias preñadas de dolor, rabia y frustración, acumuladas durante tantos años de no ser escuchadas. Su propósito no es otro que permitir romper el silencio de quienes, independientemente de su condición social o de sus creencias políticas, debieron enfrentar esas situaciones, para propiciar la elaboración de la narrativa de la paz que sustituya la de la guerra, que todavía es la dominante con su discurso de vencedores y vencidos, de buenos y malos, de víctimas y victimarios, discurso que no se niega pero que debe superase o si se quiere, trascenderse, como lo requiere Colombia que solo será posible a partir del relato de las víctimas, en un proceso de reconstrucción de lo vivido.

En la instalación los asistentes se reducían a los consabidos amigos de la paz, que comparten afinidades ideológicas, con la notable excepción del empresario Henry Eder. Esa homogeneidad contraría el sentido y propósito de la Comisión, en tanto que esta debe ser convocadora de los diferentes sectores sociales para que expongan su verdad humana, como lo plantea su presidente Francisco de Roux. Pero no, definitivamente no se libra de los efectos negativos de ese pecado original. Situación que además se manifestó en lo que se dijo, pues con contadas excepciones se repitió el discurso del tiempo del conflicto, aparentemente sin la voluntad de transformarlo en una narrativa de paz. Si la Comisión no transforma ese escenario, habrá fallado en el logro de su tarea histórica, pues como bien lo planteó el padre de Roux, sin verdad humana, distinta y más profunda que la simplemente jurídica, no habrá reconciliación.

Para acabar de complicar el escenario, ya al final del evento hizo su ingreso precipitado el gobierno en la persona de Emilio Archila, Alto Consejero para el Postconflicto, tal vez fruto de la inexperiencia y torpeza política que está demostrando en otros frentes, como el manejo de la protesta estudiantil o la reforma tributaria o su compromiso con el cacareado pacto contra la corrupción. Un gobierno que tiene a la unidad de los colombianos como su tarea principal, que sería su legado histórico, simplemente no podía estar ausente para fijar una posición y un compromiso claro con el desarrollo de los acuerdos, a lo cual está además obligado por la naturaleza de éstos.

El significado que hacia el futuro tiene el trabajo de la Comisión depende de la valoración que de sus posibilidades hagan el gobierno y el conjunto de los sectores sociales; en caso contrario seguirá siendo un club de los amigos de la paz traicionando su razón de ser y alejándose del logro de sus objetivos y por el contrario, dándole argumentos a quienes ven en la paz no un proyecto de interés para la Nación, sino un instrumento de intereses políticos. Manes de su pecado original.

 

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