Por: Mauricio García Villegas

Duro contra las drogas

LUEGO DE CUARENTA AÑOS DE LUcha infructuosa contra las drogas ilícitas —todo empezó cuando Richard Nixon la emprendió contra los hippies y los jóvenes libertarios de los sesentas—, hoy las opiniones de los partidarios de la legalización empiezan a ser tomadas en serio.

¿Qué ha pasado para que esto finalmente suceda? ¿Fueron acaso los argumentos de los académicos y científicos sociales que durante años pusieron en evidencia la estupidez de esa guerra? ¿O tal vez fue el dolor de las innumerables víctimas que ha dejado esa cruzada puritana? ¿O fue quizás el efecto devastador de las mafias en países como Colombia, Afganistán, Rusia o México?

Pues no, nada de eso. La convicción de los prohibicionistas no tambalea hoy por esas evidencias en su contra, sino por otra cosa: por el dinero que cuesta mantener a los prisioneros de esa guerra.

El caso más dramático se vive en California, un Estado que tiene un déficit de 24 mil millones de dólares, ocasionado por la desastrosa combinación de dos políticas conservadoras: la reducción de los impuestos, por un lado, y la decisión de actuar con dureza frente al consumo de drogas (Get tough on drugs), por el otro. Resultado: mientras hace treinta años el presupuesto destinado a las prisiones era la quinta parte del presupuesto destinado a la educación, hoy ambos presupuestos son iguales y eso debido a que la población carcelaria pasó de 30 mil, a más de 150 mil. Algo parecido sucede en estados como Michigan, Vermont, Oregon, Delaware y Connecticut, entre otros.

Ante semejante descalabro, muchos altos funcionarios están hoy dispuestos a discutir políticas de legalización. Se estima que si los actuales consumidores de marihuana pagaran un pequeño impuesto al consumo, el Estado recolectaría mil trescientos millones de dólares anuales. Eso no acabaría con el déficit actual, pero si a eso se le suma la liberación de todos los que están en la cárcel por fumarse un varillo, la solución estaría muy cerca. Por eso, el gobernador Arnold Schwarzenegger —republicano— ha dicho que el Estado de California está dispuesto a estudiar los méritos de las propuestas de legalización de la marihuana.

Las razones que tiene Schwarzenegger para decir eso son, desde luego, muy distintas a las esgrimidas por los promotores de la legalización: no están fundadas en la defensa de la libertad, no tienen nada que ver con las razones humanitarias que han llevado a los jueces a exigir una mejoría en las condiciones de vida de los presos y tampoco tienen nada que ver con la lucha contra la discriminación de los negros (mientras los consumidores blancos son cinco veces más numerosos que los negros, éstos últimos representan el 62% de los presos por drogas). Son razones simplemente económicas, las mismas que se esgrimen hoy en muchos estados para eliminar la pena de muerte, la cual, aunque no parezca, es mucho más costosa que la cadena perpetua.

Pero a los defensores de la legalización les tiene sin cuidado que los prohibicionistas no crean en principios humanitarios o de libertad. Les basta con que, finalmente, los prohibicionistas sean consecuentes con lo que piensan, es decir, que reconozcan que la mejor manera de ser duros contra las drogas, es legalizándolas.

P.D. Mientras tanto, en Colombia avanza el proyecto de reforma constitucional para penalizar la dosis personal.

* Profesor de la U. Nacional e investigador de Dejusticia.

 

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